
Aprovechando el sol que lucía aún a esas horas de la tarde en el cielo que hay justo encima de mi terraza, salí fuera y me recosté en la hamaca con “La carretera” de Cormac McCarthy. El libro me tenía atrapado desde que empecé con la primera de sus páginas.
El sol en los ojos me provocaba un guiño incómodo, pero la gandulería hacía que no pasara dentro a ponerme las gafas de sol. Y creo que ya desde ese momento me estaba entrando ese agradable sopor que hace que dormites una pequeña siesta al aire libre.
No sé que ruido fue el que produjo que levantara la cabeza del libro y contemplase como una paloma se posaba en la farola del otro lado de la calle y me mirara. Inmediatamente después, su hermana, prima o pariente cercano se posó en la pérgola de la casa de mi vecino. Ambas me miraban. Yo las miraba a ellas. Todos nos mirábamos. Y ellas querían jugar, pues de una en una, levantaban el vuelo y cambiaban de posición, siempre en lugares altos de alrededor de mi terraza.
Una de ellas, sobrevoló mi cabeza y defecó, cayendo sus excrementos en la pared y no encima de mí, afortunadamente.
Al cabo de un rato, ya eran tres las palomas. Y después, cuatro y luego cinco. Y todas me miraban. Quizás les parecía un tipo estúpido con el torso desnudo bajo el sol de febrero.
No recuerdo en que momento empezó a preocuparme el gran número de palomas que se acumulaban en los aledaños de mi casa. Y fue justo después de ese momento que no recordaba cuando no pude dejar de pensar en “Los pájaros” de Hitchcock y la escena de estos rodeando la escuela.
El silencio envolvía todo a mi alrededor y ni siquiera a Micky le dio por ladrar aquella tarde. Dudé entre si moverme y largarme o bien dejar de pensar en estúpidos peligros, como decía mi hermano que siempre hacía. No hizo falta. Fue en ese instante cuando una de las palomas decidió levantar el vuelo y dirigirse hacia mí, esta vez sin intención de defecar. La vi justo enfrente de mi cara. Nos miramos a los ojos y supe que corría peligro. Ella graznó, si es que acaso las palomas graznan. Y las estúpidas de sus parientes levantaron juntas el vuelo en dirección a mi terraza.
McCarthy y su “carretera” saltaron por los aires cuando pegué un bote en la hamaca. El susto me despertó de esa siesta placentera.
No encontré una sola paloma ni en la pérgola, ni en la farola de enfrente. Eso sí, el coñazo de Micky seguía ladrando como cada tarde a esas horas y la mierda de la paloma estaba seca en la pared.
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