Agosto, tormenta y él

>> domingo, 9 de agosto de 2015


Son como tímidos cascabeles los sonidos que escucho
entre la cortina, la ventana y el resto del mundo,
el tintineo suave que me recuerda que,
a parte de mí,
hay mucho más que me queda y no abarco todo en una sola mano.

Tan solo son las gotas de una incipiente tormenta de agosto.

Lo que la lluvia pueda mojar en una sola noche
no es nada comparado con lo que me rebosa por haber estado
y lo que empapa el mar en cada marea.
Lo que tengo para darle a él,
que me mima en cada puñado de segundos de mi minuto,
en cada respiración entrecortada,
con todas y cada una de las risas que le niego,
es tanto,
que me dedicaré a vivir toda mi vida y mucho más
para entregárselo,
pues no hay vidas que condonen al amor.

Y si acaso hoy termina el día
sin que la lluvia haya hecho caso omiso de mi ventana abierta,
dormiré feliz,
porque sigue siendo agosto,
eternamente él está a mi lado,
y siempre volverá el verano
aunque suenen cascabeles que llegan
entre la cortina, la ventana y el resto del mundo.

©Hisae 2015


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Cuando gritan mis poemas

>> domingo, 21 de junio de 2015


Cuando la morriña me aprisiona,
el olor a lavanda concluye
y la escasez de todo se aviva,
mis versos se enarbolan y tienden a escapar
hasta volverme a quedar solo y ausente de cualquier cosa.
Y yo te escribo una y mil veces
y grita bien alto mi poema,
mientras me atraco a chocolate
y sudo en el desvelo.

Cuando la tinta invisible se agota,
las agujetas de mis dedos me impiden seguir
y mis ojos ya se lloraron todo,
es entonces cuando te llamo
y me informo de si estarás esta noche en casa.
Y sí - me dices-, estarás.
Y corro a la velocidad de un bípedo,
sin tropiezos,
sin miedo a la oscuridad que todo engulle
y meto mis poemas por debajo de la puerta.

Y si acaso dormías, que el deseo de mi poema no te despierte.
Si soñabas,
que no fuera conmigo, pues yo ya soy parte de tu sueño.
Si lo leías, que sueñes.
Y si acaso te aburrías,
léelo y que su lectura te haga o bien dormir, o bien soñar.

©Hisae


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Cada mañana

>> lunes, 15 de junio de 2015


No le sirvieron de nada los gritos aquella vez, pues el agua servía, entre otras cosas, para atrapar las voces y ahogarlas como se puede ahogar también el alma. Quizás por momentos consiguió que el aire secara sus brazos al sacarlos entre ola y ola, entre todo aquel vaivén, pero ni los pájaros se extrañaron al ver su imaginario baile. Es más, seguro que los pájaros siguieron sobrevolando su trayecto planeado de antemano y ni se inmutaron, si acaso la vieron. Tampoco estoy seguro de que el cielo cambiara en ese momento de color, pues al fin y al cabo, el mar es demasiado inmenso.

Aquél debía de ser un día como otro cualquiera en la vida de Carla. Su mañana comenzaba verdaderamente una vez que bebía su café con leche, salía de casa temprano y se acercaba a la orilla -su orilla- del mar -su mar. Su ritual para ella era tan rutinario como importante: dejar que el sol fuera el primero en acariciar su piel, devorar unas páginas del libro que tuviera en ese momento entre manos, y permitir al mar que mojara su completa desnudez. Sol y mar se convertían, cada mañana, en sus primeros amantes.
Pero aquella mañana algo iba a ocurrir para que la rutina no fuera tal. Quizá tuvo que ver que el sol salió con menos fuerza en aquella ocasión. Tal vez se tratara del libro, que le estaba resultando tedioso. Pasaba las páginas de dos en dos sin encontrar un sólo párrafo que la atrapase. Quizás no era ni una cosa ni otra, sino que la mala suerte se encontraba cerca de ella en aquel momento.
El caso es que cuando dejó al mar -su mar- mojar su desnudez, este se mostró posesivo con ella, o voraz, o malvado, o tal vez demasiado celoso de compartirla con el sol, y la atrajo  hacia él, tanto, que Carla comenzó a descender sin apenas tener tiempo de clamar o preguntarse por qué.
Ella intentaba gritar y él la atraía hacía el fondo como si la quisiera poseer en presencia de aquellos seres vivos que en él habitaban.
Perdida, casi desmayada, se acicalaba y con una lejanía poco humana, se dejó ir porque se debía al mar. El tiempo parecía detenerse mientras el agua la acogía.
Un doble grito ahogado se intuyó. Ella ya no luchaba, no podría hacerlo aunque quisiera. Carla era la ahogada más hermosa del mundo.


Mientras tanto, en el exterior, el silencio era tan palpable, que ningún artista hubiera sabido copiarlo.

Hisae

Artículo publicado en la revista NU2


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No es lo mismo

>> sábado, 9 de mayo de 2015


No es lo mismo el desear que el tener,
el bostezo de la mañana
que el penúltimo del día,
no es lo mismo cuando llegas
que cuando voy a despedirte.

No es lo mismo el escribir por amor
que el hacerlo por desamor,
el malgastar saliva en tontas discusiones
que en un beso,
la mirada caída de la timidez al verte,
que las ojeras del cansancio a tu lado.

No es lo mismo mojar un papel con tinta
que con lágrimas,
o con gotas de lluvia
si después corren ríos de sangre.

No es lo mismo querer aparentar que ser,
que gritarlo
y te que amen por ello,
no es lo mismo soñar que vivir
aunque sea hermoso vivir soñando.

No es lo mismo morir de amor
a que el amor te haga morir,
que llores por ello
y que dejes de creer en algo tan etéreo
como efímero sentimiento.

No es lo mismo empezar que terminar,
aunque quedes impasible en los dos momentos
y yo,
quede huérfano de palabras.

©Hisae 2015


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Cuando se trata del diablo y no del cerdo

>> martes, 21 de abril de 2015


¡Con qué júbilo
terminaban las matanzas de los cerdos tras el engorde,
sacrificados para aprovechar su carne!
¡Como corría el vino,
y llenaba barrigas atiborradas de vísceras
y sangre que enseguida coagulaba
por no ser santo incorrupto -el cerdo-,
y yo, niño tímido,
petrificado aún ante los gritos
que profirió el gorrino!

Hoy mi religión me prohíbe comer esto o aquello,
un dogma que soy yo mismo,
pues soy yo el que elige
si bebo, como, duermo o doy cobijo a un alma
tan pecadora como la mía,
pues de diablos está lleno el mundo
y con ellos hemos de cohabitar.
Y al llegar la noche,
cierro los ojos y me arrepiento
de los pecados cometidos;
pienso en los cerdos de mi niñez
y caliento al alma que reposa a mi lado.

©Hisae 2015


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Célebre tragedia de Ofelia

>> lunes, 9 de marzo de 2015


El estado de ánimo para ilustrar la melancolía
estaba dibujado por la opaca luz que entraba aquella tarde por la ventana.
Ella vestía de gris
y entre sus manos atesoraba un libro de poesía
junto a una flor seca.
La decoración era basta,
sobrecargada;
demasiado cortinaje, alfombras y muebles inservibles
que en ocasiones distraían su atención.
Muy cerca de Ofelia,
una urna oscura escondía su lacerante amor.
Los versos que lee le entristecen
y provocan lágrimas que se hielan en el borde de sus párpados.
Si acaso piensa en él
esconde la cara detrás de una sonrisa.

Ofelia era joven, sensata y obediente.
Personaje secundario de mi poema
es la protagonista indecisa de la tragedia.
Niña de los ojos de Polonio,
hermana consejera de Laertes,
acepta su discurso sobre el amor efímero y fugaz del príncipe
pero que a pesar del temor que por Hamlet siente,
a pesar de que es muchacha sumisa y obediente,
le ama.

Su  amor ya nació imposible
por ser Hamlet príncipe, espejo de elegancia,
modelo de gallardía,
y Ofelia doncella frágil y temerosa.
Un amor que termina perdiendo la intensidad del perfume
cuando ella rompe la relación devolviéndole la urna de sus recuerdos.
Hamlet se muestra duro,
cruel con la delicada Ofelia.
Ella le niega su regazo.

Abandonada por él,
muerto el padre por error en manos de su amado,
Ofelia es presa de la locura, desvarío de tristes canciones
con vetas de auténticas verdades,
donde el río se hace demasiado inmenso
para ahogar su vida.


©Hisae 2015


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Enraizar la vida

>> lunes, 16 de febrero de 2015


Podría pensar en un árbol
o en un bosque entero cuando de matices se me llena el alma,
y no sufro
desde que hace días que cambié por verdes los azules.
Esas hojas condenadas a morir jóvenes
y a ser pisadas por mis pies -y los tuyos si me acompañas,
esa desazón de troncos en cadena
enraizados en tierra fértil
donde sé que un día mis huesos muertos jugarán con ellas...
Las ramas, que atrapan las alturas,
amortiguarán la lluvia que el cielo embista
para que nada humedezca
nuestros ya demasiados mojados besos.
La vida que pensé,
me la pinta de oxígeno el palpitar de una espesura,
y río,
y creo que vivir es morir más tarde,
cuando duermas tú
y la tierra sepulte mi grito de guadaña
cómo mitiga la hojarasca la caída del árbol viejo.
Cuando despiertes y nazcas después de mí,
sentirás sed y beberás,
y el goteo constante del rocío de la noche
saciará mi ausencia
y al fin se cumplirá mi sino
de que la vida es condena a muerte.
La niebla, convertida en cortina vaporosa
cubrirá tu solitario despiste,
y yo,
yo aún no habré despertado.


©Hisae 2015


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