Y si no estás, es que duermes...

>> lunes, 8 de diciembre de 2014


Me descansan los ojos aunque aún no los sueños
cuando cierro el calendario del lustro ya caduco.
Mis poemas se repiten indecisos e incesantes
y sin letras para extrañarte
y recordarte,
pues ya tú sabes
que no te has ido de mí
y que aún te vivo
y que aún esperaré a verte cuando llegue a casa.
Y si no estás,
es que duermes...
Cinco años no son nada
o pueden ser todo si mis máximos recuerdos son tu partida,
poco a poco sin despedirte
porque la agonía no te deja.
Y eso se quedó conmigo,
indefenso y mordiéndome la lengua
porque aún no te tocaba
y yo aún tuve algo que decirte.
La cobardía nos pudo a ambos
pero los finales no cierran los capítulos
sino que estos quedan alargados en el tiempo.
Cinco años ya,
y mañana pasaré de nuevo la hoja del calendario
y esperaré al sexto,
quizás para decirte,
que aún te extraño.

©Hisae 2014


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Un semáforo de intenciones

>> sábado, 22 de noviembre de 2014


No soy ni más ni menos que nadie,
ni invento lo que da de sí una tarde,
ni me estremezco al escuchar maullar a un gato
que pasa por allí pero que a mí no me importa.
Estoy solo
y yo solo espero,
mientras a través de cristales
alguien que no conozco habla por teléfono
y un malabarista lanza bolos dirección al cielo.
Yo miro sin saber dónde dirigir esos pensamientos
-el semáforo continúa rojo-
que debería de guardar en la bolsa azul de mis creaciones.
Él sigue hablando y por un momento,
sólo su conversación me interrumpe
al tratar de condimentar palabras.
Después,
todo queda en silencio y decido ser yo el protagonista de mi historia
sin ningún acompañante que desluzca mi propia presencia.
Tras largos párrafos descubro
que el aburrimiento de mi protagonismo
no me da para soñar,
ni incluso siendo compañero del malabarista.
Él colgó el teléfono y se marchó,
uno de los bolos no cayó del cielo
y allí quedo yo solo
con un lápiz casi gastado, un fusil cargado de intenciones
y el semáforo averiado.


©Hisae 2014


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Por estúpido de mí

>> sábado, 11 de octubre de 2014


No me sirven tres
si ya me diste antes dos y me los quitaste,
no me tientes si después marchas a escondidas
cuando te protege la noche,
no me robes más lágrimas bebiéndolas sin reproches
y sabiendo que te pediré cuentas si regresas.

Cuando llegue la noche y mis ojos estén obligados a cerrarse,
sal sin temer al frío
y ódiame cuando llegues a destino
pues no querré conocer tu paradero
ni rezaré por tu vuelta.
¡Esta vez no!
Tabicaré mi puerta con amantes
para que no entres
y así poder llorar tal plañidera.
Y si llega el día de antojo
amaré a putas que deseen sólo mi cariño
y las noches no serán más cárceles
y mi cárcel no sea mi muerte,
pues amarte ya sabes que lo hice
pero el amor muere con la indiferencia
y las niñas de mis ojos pudieran dejar de llorar
y el amor naufraga
y ya no siento.
Por ti,
por estúpido de mí.



©Hisae 2014


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Como ocurre cada otoño

>> jueves, 2 de octubre de 2014

                                          Fotografía: Kopcynski-Adam


Son esas horas muertas las que me condenan
a tejer sentido a mis pensamientos,
por cada una de las horas que cuelga del gran reloj de la cocina
y que me recuerda constantemente que la vida se vive para algo
y que cada tac de la manecilla
se va para siempre.
El caso es que ya nada es como antes,
ni el olor que no huele,
ni el color que se apaga,
ni siquiera la gente que pasa,
ni siquiera el ruido.
Ya pasó esa gran juerga, la camiseta de tirantes.
En su lugar las carpetas y las bolsas son complementos de los que pasean,
los que pasan a mi lado y me rozan con el codo
camino obligado entre mi vida y la de ellos.
Sentado en el mismo lugar de siempre
la luz tiende a apagarse y dejarme aún más pensativo si cabe,
mientras miro caras que no reconozco
y me pregunto si acaso ellos sienten lo mismo que yo.
Nunca me lo dirán con palabras
pero veré sus ojos que,
aunque continúen del mismo color,
tendrán otro brillo y otro mirar.
Siento que las cosas pasan de dos en dos pero a mayor lentitud.
La noche me puede y me guiña la luna
mientras yo me invento lo que queda antes de que se gaste el reloj.
Los zapatos los dejo en la puerta y descalzo
tiento a mi suerte al frío.
Al llegar,
arrancaré la hoja del calendario para adelantar el verano.


©Hisae 2014


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El diablo y yo

>> miércoles, 24 de septiembre de 2014


Una vez conocí al diablo. Estaba éste leyendo, protegido por la sombra que generosamente regalaba un manzano, un manzano sin manzanas y solitario a varios metros de distancia del único río de la comarca.
El diablo era guapo. Al menos es lo que yo pensé al verle, seguramente por saberlo distinto y diablo.
Me acerqué y saludé, como siempre me enseñaron mis padres que debía de hacer. El diablo ni contestó ni me miró. Seguía absorto en su libro, un libro de tapa blanda con un hombre desnudo atravesado por un arbusto dibujado en la portada.

-¿Qué lees, amigo? -pregunté con mi refinada educación de colegio de curas.
- No soy tu amigo -contestó sin mirarme. Yo soy un diablo, y los diablos no tenemos amigos.

Ya me había dado cuenta que era un diablo pero puse cara de asombro. La colita en punta que salía de su trasero me lo había confirmado desde el instante en que le vi.

- No sabía que los diablos leíais -comenté para intentar llevar una conversación.
- Estoy leyendo "El diablo a todas horas", de Donald Ray -me dijo. Y que penséis que los diablos somos malos no implica que seamos analfabetos.

Sin recibir invitación suya, me senté a su lado. Miré hacia arriba y el manzano parecía que asustado me indicaba que huyera. Por su parte, la araña que colgaba de su tela parecía sonreír.

-Nunca hablé antes con un diablo -dije pasados unos minutos.
-Normal -murmuró él sin levantar la mirada de las letras que llenaban las páginas del libro. Los mortales sólo habláis con los ángeles.
-Yo tampoco hablé nunca con un ángel -dije.
-Tú eres tonto -cerró el libro.

Ya está, pensé. Ahora llega el momento de tentarme.

-¿Sabes? -me dijo. Yo no soy malo. Sólo soy travieso. La vida es pura travesura. El pecado no existe, sólo es invención de los aburridos. Pero un puñado de seguidores de los aburridos son los que después cumplieron esas tontas normas.

Le tomé de la mano. Ya no me volví a soltar del maestro en toda la eternidad.


©Hisae 2014



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Cartas de amor

>> martes, 16 de septiembre de 2014


Cuéntame,
por qué lo que escribes
recuerda a viejas cartas de amor
que en tu juventud me enviabas.

Dime,
por qué tus letras son del color de la emoción
y las lágrimas que caen solitarias de mis ojos
no empapan las frases  
que más marcan el corazón.

Cuéntame,
quién te enseñó a robar almas y venderlas al diablo,
quién te presentó a ese diablo
y con qué mentira te tentó para ganarte.

Cuéntame,
por qué desde entonces
abro el buzón cada diez minutos
y sólo el banco me quiere,
y la única carta que envías
mancha mis manos de negro,
como la sangre sucia.

Cuéntame
cuándo te irás,
si tendré tu misiva de despedida
y si entonces,
-ya viejo-
gastaré el último cartucho de amor
vendiendo barato mi cuerpo.


©Hisae 2014


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Merece la pena vivirla

>> miércoles, 10 de septiembre de 2014


Desde el primer bostezo
me muestro desnudo y sin vergüenza,
para inventar mi propio mundo y dejarte a ti -si deseas-
en él una pequeña parcela.
Es para coexistir,
para que inhales mi aire -que es más puro-
para que huelas el mismo olor con que la mañana me obsequia,
y para que mi cielo -un cielo chiquito- sea también tuyo
y podamos compartir incluso los ángeles -si los hubiera-.
No protesto si reprimes la hora,
si demoras el momento  y tardas en llegar;
mi espera la sacio siempre
con poesía que otros poetas escribieron para que yo leyera,
y cuando tú regreses
te rimaré cuantos versos nos deje el día.
Al caer la noche -cerradas ya las ventanas-
si  te volvieras a marchar,
encenderé la vela de mi paciencia,
y si acaso cabeceo,
el reloj velará tu regreso junto a la luna
que también pinté para aclarar las sombras.
Y es que merece la pena vivir
si es para compartir algo contigo y con quien más tú traigas.
Arrojar al aire señales de color
para indicar dónde y cuándo es la fiesta de mi vida,
y la música que suene serán tus palmas con las mías,
junto con los susurros de los vecinos murmurando
el porqué de nuestro propio mundo,
mientras el de ellos -envidiosos- se encoge y disminuye
y se quedan sin tumbas para tanto muerto,
y mi cielo -tu cielo-
y nuestra luna,
y las velas que encendí,
y el aire con que te agasajé,
seguirán con nosotros mientras decidamos
que la vida merece la pena vivirla.


©Hisae 2014


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