Flores muertas

>> sábado, 13 de agosto de 2022

 

La vida de las flores muertas, Jaime Rull

Siempre me gustaron los cadáveres de flores,


porque eran los únicos que olían bien


y no me importaba que permanecieran tiempo a mi lado.


Parte de mi soledad era rodearme de muertos.



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Tormenta de primavera

>> domingo, 8 de mayo de 2022

 

©Rubén de Luis

Intentando crear todo aquello que esperamos y que nunca hacemos, que guardamos bajo llaves llenas de óxido en cajones que nunca abrimos, perdemos un tiempo hermoso. Muchas veces lo sacamos cuando ordenamos; tocamos y remiramos, pero volvemos a guardar sin siquiera sentir o pretender que de todo esto salga un intento.


Miro todo, lentamente y perdiendo minutos, pensando en lo ya pensado y archivado en mi penosa memoria, creyendo que hoy es el día en que al fin construiré mi propio imperio de fama y sabiendo que al final todo quedará donde estaba y mi minuto de gloria finalizara en el momento que la llave cierre el cajón de mi desastre.


Siempre soñé con príncipes azules que se sentaran a mi lado para dictarme esos poemas que transcurren en épocas irreales, cantatas seculares o sátiras que cautivaran a mis lectores. Una vez transcritas en mis papeles, el príncipe azul se convertiría en mi fiel amigo que me acompañara en cientos de caminos diferentes que nos trazan a los artistas.


Mi insomnio está poblado de pensamientos de culpabilidad. Me contengo todo lo que puedo pero desayuno a diario con las ideas que siembro y nunca nacen por falta de riego.


 

Un día de primavera, quizás de los más nublados amenazando tormenta, saqué del cajón todas las menudencias que había acumulado todo este tiempo. Releí y toqué, llegué a oler y te mandé un mensaje. Sin esperar que me contestaras, y habiendo pensado que las fantasías vienen antes que las realidades, me dediqué toda la mañana y parte de la tarde a escribir sobre nosotros y lo que podría dar de sí nuestro encuentro.


Al terminar, al releer y sonreír por el trabajo terminado, vi que tu respuesta había llegado.


 

Me acerqué a tu casa y créeme que ninguno de los dos detectamos si había habido tormenta o era nuestro encuentro tan deseado al poner en práctica todo lo olvidado en un cajón cerrado con llave.


 

©Mario M. Relaño


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Reescribir la historia

>> domingo, 3 de abril de 2022

 

Niña escribiendo: El jilguero mascota, Henriette Browne

De una hoja en blanco salió tu recuerdo y en él me recreo.


Eres, de hecho, evocación, casi tan real como tenerte nuevamente, y tan lejano como algo ya perdido.


Supimos escribir un bonito final al cuento, pero es de esos finales desordenados que no basta con leerlo una vez para entenderlo, si no juntar nuevamente cada una de las páginas y organizarlo de nuevo.


Es un cuento extraño, escrito con cariño, pero quizás sin la experiencia del escritor experto. Por eso, habría que redactarlo de nuevo.


Te propongo sentarnos, cada uno con su página, leerlo despacio, muy lentamente y ordenar las ideas. Te sugiero corregir las partes del cuento que menos nos gusten, cambiarlas por nuevas historias, hechos, nuevas escenas.


Deberíamos ser capaces de reescribir una historia que no sea para archivar por siempre, si no que sea usada como manual de cabecera.


Si declinas la oferta, seguiré con tu recuerdo, recreándome en la hoja en blanco porque será el cuento nunca escrito, pero será también nuestro cuento.



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El cuento sin páginas

>> domingo, 6 de marzo de 2022

 

Con la ayuda de sus libros llegó a lo más alto, Mónica de Silva

Tu historia comienza aquella mañana de sábado cargada de dudas entre sí esperarme o huir, entre pensar que no me atrevería o que hacer si acaso era capaz de atreverme.


Mi historia comienza mucho antes, cuando constantemente te suplicaba que pusieras texto a nuestro maravilloso cuento de “era sé una vez que…”


Las historias se juntan en una sola en la trasera de una antigua ermita donde tú mirándome y yo reconociéndote, nos damos cuenta que las letras saldrían solas y que de ellas podría salir el cuento más bonito del mundo.


Pero en todo cuento hay malos y buenos, ogros, brujas y peligros, en definitiva, piedras que habrá que ir apartando del camino para llegar finalmente a comer perdices y ser muy felices.


 

Todo fue bien. Caminamos, nos hablamos, nos contamos y en ocasiones los roces eran demasiado intencionados como para pensar que aquello era un error. No lo era, no lo sería si ninguno de los dos estaba  dispuesto a pensarlo.


El sol calentaba, el ambiente ardía hasta doler. Así estábamos hasta que el sonido inoportuno del teléfono nos indicaba que el capítulo primero del cuento terminaba.


 


Pasando páginas e ilustraciones, llegamos al capítulo segundo, donde la historia se centra en un bonito parque arbolado, viendo llegar a niños recién salidos del colegio, padres que les acompañan, deportistas que queman grasas y refuerzan sus músculos e incluso alguna señora perdida, dando vueltas constantes alrededor de la farola.


Mientras, nosotros, charlamos y nos reímos a la entrada de ese parque, juntando las manos como si de novios se tratara.


 


El viento hace que las páginas salten de dos en dos, demasiado deprisa, algunas veces muchas juntas, perdiéndonos parte del cuento, hasta parar en el último capítulo donde los dos nos encontramos en un camino solitario bajo la lluvia buscando un lugar donde resguardarnos. Divisamos un arbusto, en principio tupido e inaccesible, pero cortando viejas ramas secas conseguimos cobijarnos debajo mientras miramos la lluvia ya cada vez más débil.


El silencio nos envuelve, roto sólo alguna ráfaga de viento. Algo ha pasado entre nosotros que no percibo. Se intuye el final de una historia que nunca debió comenzar.


El regreso hacia casa se desarrolla entre risas pero sabiendo que serán las últimas.


Un simple adiós da por terminado el día.


 


Al cuento le faltan las últimas páginas. No sé si alguien las rompió o quizás es que nunca se escribieron. Fuera como fuese, se intuye que nada importante habría escrito en ellas. Es fácil dejarlo en la estantería y coger una novela. Esta vez será del lejano oeste.



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Paz o Guerra

>> lunes, 14 de junio de 2021

Guerra y Paz, Cándido Portinari


 Era paz o guerra. O al menos así lo entendía él hasta que descubrió la palabra y el razonamiento.


No era más o menos, ni más ni menos. Era lo justo y así se lo hicieron ver cuando finalmente se digno a escuchar y no caminar en la vida como un individuo solitario que daba palos de ciego y oscurecía el lugar por donde pasaba/pisaba.


Alguien le sugirió la existencia de un intercambio de esas palabras descubiertas y, aunque estas no fueran del color que él amaba, podría acoplarlas a al texto para enriquecer su pensamiento y fomentar la concordia.


Fue al entenderlo cuando decidió enterrar el arma ya usada y conseguir levantar la vista del suelo. El mundo le resultó entonces más hermoso.


Todos vivieron mejor. Él. Nosotros.


 


©
Mario M. Relaño 

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Ella no me lee

>> domingo, 4 de abril de 2021

 

Muchacha con un libro, Alexandr Deineka

Ella no me lee. Y me lo dice así, tan normal y segura de sí misma, como quien saluda por la mañana, sin percibir el dolor que refleja mi cara cuando me lo dice. Ella no me lee. No culpo que mis letras sólo sean pequeños dibujos para algunos ojos, e incluso no sean interesantes, pero ella es mi mejor amiga. Y no me lee.



Yo, aficionado a las letras desde que mi madre me paría entre aquellas paredes azulejadas de hospital, donde recuerdo había un poster con la foto de una enfermera que decía SILENCIO,  que incluso mi primera palabra en pronunciar fue lápiz ante la mirada atónita de mis progenitores, y que escribo incluso en el papel higiénico cuando me resguardo en mi intimidad, y ella, mi mejor amiga, no me lee.



Recuerdo aquella vez que de las teclas que sus dedos movían salió un corto relato y fue publicado en un libro de tirada local. Yo corrí a conseguirlo y a devorarlo como si de un testamento a mi favor se tratara. Yo, su fiel amigo, lo leí y releí porque, entre otras cosas, era suyo.



Hoy mis letras ella no las lee. No crees con ello un problema –me cuentan. ¿Acaso no te diste cuenta que tu amiga es ciega?



Es cierto que mi amiga y yo llevábamos años sin vernos y sin hablarnos. Alguna carta yo le mandé al principio, pero ella nunca me debió de contestar.



Hoy la miro bella, muy bella, pero ella no me ve. Nunca me contó a que se debió su ceguera.



Quizás ya no es mi mejor amiga.



 

©Hisae

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Bacanal

>> viernes, 26 de marzo de 2021

 

Bacanal, de Giulio Carpioni

Estaba solo,


esperando a no sé quién o a qué,


pero seguía aquí sin marcharme, solo, esperando.


La muerte no llamaba.


Si es cierto que los pájaros se escuchaban de fondo


y que al viento le dio por soplar,


no sé si preludio de algo bueno.


Dos serían multitud,


aunque en mi sueños las bacanales en honor al dios desconocido Baco


eran de muchos,


quizás decenas.


Mi dios Baco era sin alcohol, la edad no me lo permitía,


y las mujeres eran hombres travestidos


de nobles de la Edad Media, con calzas y túnicas


y calzoncillos que lavaban con asiduidad.


Pero eso sólo era mi sueño;


mientras


yo seguía solo, esperando a no sé quién o a qué,


rodeado del gorjeo de los pájaros.


Solo,


como si el viento no me hubiera visto


y en su arrastre me quisiera llevar lejos.


Sólo,


porque mi edad equivalía a soledad,


y mi destino era morir solo,


en una cama que no era la mía,


si acaso la muerte me llamaba.


©Hisae

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