 |
| La Navidad, Salvador Dalí |
Los meses pasaban tras la
Navidad. Ella mantenía las luces de colores parpadeantes rodeando la barandilla
de la terraza; siempre había sido una enamorada de esa festividad. Es cierto
que sus vecinos se reían y la criticaban a sus espaldas -¡cómo era posible que
tuviera las luces de Navidad en pleno mes mayo!-. Pero si ellos la criticaban
más se reía ella de todos, pues no sabían que, bajo el toldo del patio, cuatro
flamantes Papá Noeles colgaban para su propio deleite.
Un día, la vecina más anciana
del barrio comentó con otra su extrañeza porque, desde hacía semanas, no la oía
gritar ni se veía movimiento en la casa, a pesar del parpadeo nocturno de las
luces. Ambas escrutaron a través de los barrotes de la verja del patio y vieron
las persianas completamente cerradas. Una de ellas no pudo evitar una carcajada
al descubrir a los Papá Noeles colgando. La otra, más seria, le comentó que
aquello olía a misterio.
Finalmente, tras mucho deliberar entre las vecinas que
habían acudido al encuentro, decidieron llamar a las fuerzas del orden para que
alguien entrara en la casa y comprobara si había ocurrido algo.
Dos bomberos, con cuerpos atléticos y barba
perfilada llegaron enseguida. Tras tocar el timbre en un par de ocasiones,
forzaron la puerta y entraron con cautela. Las vecinas, queriendo ser
partícipes de todo aquello, hicieron un conato de entrar tras ellos; pero la
gran mano del bombero mayor rango se posó sobre el hombro de la primera,
obligándola a ella y al resto a retroceder hasta la acera.
Un fuerte olor nauseabundo emanaba del interior. No se
oía nada. Martina, la adolescente más rebelde del barrio, consiguió asomarse.
Allí, tendido sobre la alfombra, yacía el cuerpo sin vida de Adela. En su
frente asomaba, clavada, una estrella caída, aparentemente, del gran árbol de
Navidad que aún permanecía encendido en el salón.
©Hisae 2026
0 comentarios amigos:
Publicar un comentario