Ilustración: Carlos López Terán
©Hisae 2012
Desconozco su presente y por
supuesto su pasado. No me importa nada su futuro si acaso lo tuviera. Hace
apenas unos minutos que llegó al borde mi cama y ha sido nuestro primer
encuentro. No puedo hablar mal de él. Tampoco bien. Permanece callado mirándome
como si la cosa no fuera con él. Yo le veo excesivamente pálido, no sé cuanto
hace que no se mira al espejo.
Estoy por decirle algo, pero
espero paciente, pues al fin y al cabo, ha sido él el que entró en mi
dormitorio sin avisar.
No me gusta el diseño de
vestimenta que ha elegido para venir a visitarme; parece recién levantado de la
cama. Viste tan blanco, que se confunde con la palidez enfermiza de su rostro,
si acaso a esa cosa con dos ojos se le puede llamar rostro.
Mira, me está empezando a caer
mal. Me despierta de mi sueño, me baja la erección, y permanecemos los dos como
pasmarotes mirándonos.
Mejor me levanto, subo la
persiana y le pido explicaciones. No me gusta que interrumpan mi intimidad.
Odio a los fantasmas que nacen
y mueren en el transcurso de un minuto. Aparecen para joder al personal y sin
mediar palabra, desaparecen según subes la persiana. Los rayos del sol les
intimida. Quizás ya no llegan a asustar como antaño.
¿Asustar? En la época de las
tecnologías, esos seres paliduchos vestidos con sábanas blancas, dejaron de ser
el tormento de los niños. Ellos nunca quisieron renovarse. Y ahora, creo que
aparecen en nuestros dormitorios sólo por nostalgia.
Ella fue demasiado lista, al
tiempo que un poco ignorante. Al despertarse y encontrárselo al pie de su cama,
no lo dudó un instante y lo colocó como sábana bajera de su cama. El fantasma
no tuvo escapatoria al quedar sujeto entre el colchón y el somier.
Eso sí, ella no volvió a pegar
ojo cada vez que el fantasma gemía por su encierro. Al fin y al cabo, él era un
alma libre.
La chica pelirroja de las trenzas
>> sábado, 15 de diciembre de 2012
Cuadro: Kimeta Castañe
©Hisae 2012
No pasaba nada; todo era como
lo fue el día anterior y como seguramente sería el día de mañana. Encontrarse
un grifo que goteaba era lo más parecido a la normalidad en su vida. No haberlo
era casi hasta cómico.
Se levantó demasiado temprano
para intentar terminar ese libro que se le resistía y devolvérselo al fin a su
querida vecinita; esa que le provocaba tocándose las trenzas pelirrojas que
colgaban desde su redonda cabeza.
Puso la cafetera en el fuego y
mientras esperaba que saliera el café y lavaba un vaso sucio, pensó si acaso la
vida había sido injusta para él o fantástica para el resto.
Bebió hasta saciar su sed nocturna,
mojó una magdalena en el café con leche y tirándose en el sofá, dejó que el día
creciera para que no le acusaran de noctámbulo.
Las estrellas, si acaso las
hubo, tendieron a difuminarse con el frescor de la mañana, y el azul oscuro del
cielo se aclaró tan pronto como le rozó el cacareo de unos gallos encerrados en
algún corral cercano.
- Te devuelvo el libro -le dijo casi a susurros.
- No hace falta; te lo regalé.
- No lo quiero. Ya me quedo con lo que me interesa.
- ¿Y qué es lo que te interesa?
- Ver cómo te derrites por mí cuando estoy delante.
Cerró la puerta de golpe,
haciendo el ruido que no había hecho antes. Se metió corriendo en la cama,
sonriendo y pensando que ella seguía detrás del muro de su descaro. Pero no era
así; ella llamó a la puerta del grasiento vecino de la izquierda y con su mejor
tocamiento de trenzas, le prestó el libro que tan usado ya tenía.
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Relatos
Lo que cunde la Navidad
>> domingo, 9 de diciembre de 2012
Es cuando llegan estas fechas de
diciembre, preparados para tirar el calendario que lleva un año colgado de la
cocina, cuando parece que todos descongelan ese corazón helado que guardaban celosamente dentro de su cuerpo amortajado y se dedican a regalar paz y amor
cual angelitos, como si eso quitara el hambre.
¿Qué me queda a mí de la
Navidad y que es ahora la Navidad?
Me queda la ternura del
pasado, el recuerdo, la memoria de una niñez donde la Navidad nos la pintábamos
nosotros del color que soñábamos. Y siempre era hermosa. Aún no existían los
periódicos para nosotros, las malas noticias, ni nuestra madre jamás lloraba
cuando estábamos junto a ella. Nuestra única preocupación era si realmente nos
traerían regalos o por el contrario, carbón.
En el presente quedan unos
tragos de más.
Hoy me he dado cuenta que no
está tan mal esa Navidad de la que siempre he renegado en mi madurez. No ha de desaparecer
como yo pensaba antaño (rectificar es de sabios) aunque algunos nos quieran
robar la mula y el buey. Ha de quedarse por dos razones: primero, por los
niños. Ellos son los grandes protagonistas de la Navidad. Ellos son quien más
la gozan y, nosotros, deberíamos prolongar esa ilusión en el tiempo.
Segundo, porque es en esta
fecha cuando al fin, después de varios meses con el alma encogida en un puño por
la crisis, vemos gentes por las calles, comercios más o menos llenos, oímos
música, ... estamos algo más desconectados del televisor y de los periódicos, y
nos lanzamos a la calle sin importar que el presupuesto sea mínimo, para hacernos
creer a nosotros mismos que todo nos va bien.
Los comercios casi repletos
nos hacen olvidar todos estos meses que llevamos viéndolos vacíos y algunos ya
clausurados. Creemos que la Navidad, al fin, ha solucionado todos nuestros
problemas.
Sí, es Navidad. Por favor, salgamos
a la calle, gastemos, miremos las horrorosas luces que cuelgan de lado a lado,
y creámonos niños al menos una vez más.
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Fragmentos de mi vida,
Reflexiones
Ignorancia
>> domingo, 2 de diciembre de 2012
Foto: Las cuerdas de la ignorancia (Fredo)
Se empeñan y culpan a la tristeza por no ser bella
y creen que llorar pudiera ser morir.
Piensan que se trata de vivir riendo
y se alejan de otra forma de hermosura
por desconocimiento.
Pero tener el poder de penetrar en la tristeza
puede ser un arma para limpiar esos ojos
y que ellos puedan admirar lo que hasta entonces tenías
prohibido.
Bandera de sensibilidad y delicadeza,
colores agrisados, agua, añoranza,
deseo del tener y no poder,
puente entre cualquier mar y tierra,
una orilla que jamás habrías pisado
si esa tristeza no te hubiera encontrado.
Huyes de lo que desconoces,
dejas de beber
como de dormir por no saber,
piensas que ya has dado y no te corresponde repetir.
No importa esa soledad que casi siempre aparece
si sabes aprovechar de ella
el silencio, el color,
un mundo sin competidores.
Una vida donde tú quieras.
La tristeza,
esa reseña que habrás algún día de probar
y que con la lección aprendida,
disfrutarás
como aquella tarde que te marchaste porque quisiste
y hoy
evitas recordar.
La tristeza
que te colma de eso que te atemoriza
pero defino hermosa.
Lo bello y el temor a lo desconocido.
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Ya bosteza el domingo
>> domingo, 25 de noviembre de 2012
Foto: M. Muñoz 2011
© Hisae 2012
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Ya bosteza el domingo
y de nuevo aquellos jóvenes cargados con sus violonchelos,
mochilas en los hombros,
hablan de su último acorde del fin de semana.
Quizá tú preguntes por mí
y creas que sólo fui el sueño de una noche,
mientras caminas despacio
y no escuchas más que a tu mala conciencia.
Las baldosas están medio sueltas
y tropiezas con tu propia realidad
sabiéndote acongojado por esa soledad que te presiona.
Cuando me tuviste,
el alcohol no te dejó aprenderte mi nombre
y nadie recuerda haberte visto esa noche.
Ya bosteza el domingo
y lo único que te queda es un dolor de cabeza
y la ropa interior mojada,
como cuando la adolescencia te arrinconaba en las
esquinas.
Hoy deseas que hubiera pasado
lo que el mal beber te impidió
y escurres la botella de lo que pudo haber sido.
Tomas esa mochila negra
y caminas al lado de aquellos que tuvieron mejor suerte.
Juntos entráis en la sala
y cada uno interpreta con su instrumento
la música, según sabe.
Aunque no quería
>> domingo, 18 de noviembre de 2012
Decía que no podía,
pero mentía
porque sí quería.
Y se quedaba más tarde solo llorando,
sentado en el bordillo de la acera, lamentándose.
Y eso un día y otro,
y otro más,
y otro,
hasta saber que secaría sus ojos,
y lo peor,
sus labios sin los suyos...
Insistía
que perdía el día si no venía,
que nada sería igual,
pero mentía
temiendo saber que por ella
hasta de dar su vida
capaz sería.
Y un día
de la pena que sintió supo,
que era la última vez que la vería,
sola,
partiendo con su vida
y dejando su charco llorado él
sabiendo que sin ella moría.
Y así
él perdió su vida,
aunque no quería.
La mujer de la nueva vida
>> domingo, 11 de noviembre de 2012
Dejó sus años malgastados en las cuerdas donde tendía la
ropa
y cada noche que llovía
el agua terminaba de lavar las manchas de una vida pobre
mientras que con el alba
el futuro amanecía con el resplandor que unos ojos
limpios
veían al correr las cortinas de la ventana.
La casa se había transformado
en espacios más amplios,
en silencios rotos por la música de Mahler y voces de
Frank Sinatra,
y con cristales más transparentes.
Los animales corrían fuera
mientras ella
miraba por la ventana y sonreía.
Ya no esperaba a nadie
pues a nadie tenía.
Pero aprendió a ser fuerte y no necesitarle.
Le bastaba con sus sueños para verle de cuando en vez,
y cuando despertaba,
al lavar su cara comprendía que su vida era hermosa,
tanto
que deseaba volver a vivirla
si un día moría.
Al salir a la calle
saludaba a la gente como si fueran sus vecinos
a pesar de no tener vecinos
ni siquiera calle.
Usaba paraguas para escribir su nombre en la arena
y leía novelas que ella misma escribía.
Un día, fumando un cigarrillo,
pensó en su hijo muerto
y fue entonces cuando olvidó volver a casa.
No se supo más de ella
hasta que meses después encontraron sus zapatos
en la orilla de algún sitio.
Se dio por sentado
que regresó con él, harta de verlo en sueños.
© Hisae 2012
El último verano
>> sábado, 27 de octubre de 2012
Foto: Liz Taylor en "De repente, el último verano"
© Hisae 2012
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El último verano que recuerda
no era precisamente por el sol que pudo o no calentar,
ni por el mar
ni siquiera por la algarabía de las calles.
Por el contrario,
la promesa de un ángel venido de un juramento
le hacía recordar el cuerpo de Jonah.
Jonah era pura vida,
el perfume de sus tardes ociosas,
el secreto de las cajas del miedo.
Guarda tus labios
-le dijo entonces,
por si decido
volver y no gastaste tus besos.
La mirada del otro, atónita,
su amistad profana,
indicaban un adiós perpetuo.
Las lágrimas quedarían condensadas en sus ojos
mientras se marchaba,
mientras sus palabras huían tras él.
Un árbol crecía en ese instante
sin percatarse que,
en el próximo verano no estaría Jonah
pero sí la sombra de sus recuerdos.
Supo que se había enamorado sólo cuando ya no estaba
y era demasiado tarde.
Desde entonces
sueña con su cuerpo
y con el último verano.
Aunque haga frío
>> miércoles, 24 de octubre de 2012
Foto Mario M. Relaño
Me quedé sin propuestas para convencerte
y desde aquel día
me sentí mucho más solo.
Dormitaba para intentar soñarte
aunque me repetía que te habías marchado,
lentamente creía
que yo mismo me mentía
y tenía
tu voz que me decía:
- "Guárdame la manta, mi vida,
la manta por si hace frío.
Ábreme la puerta
si llego tarde, cariño,
por si hace frío
guárdame la manta".
Pasan los días y escribo
los sueños que tú me hablas
y yo los leo
y no lo entiendo
porque no estás ni has venido,
porque te pienso
sin tener siquiera
un argumento que retenga
un par de momentos conmigo.
Por eso guardo la manta,
cierro la puerta
aunque hoy haga frío.
© Hisae 2012
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Su propia vida
>> domingo, 21 de octubre de 2012
Y según viene se va,
pero siempre queda esa huella que
aunque no ves, sabes que estuvo.
Duermes,
soñando con su regreso,
con la mano abierta
y pendiente de esos ruidos de la noche que desconoces.
Cuando despiertas
ese huella perfumada apenas se percibe;
está borrada
o tan sólo grabada en tu cabeza.
Buscas al salir
si acaso te espera
o si
como cada día
caminarás con tu soledad.
Recuerdas instantes que tienden a desaparecer
con cada movimiento del reloj
pues no te queda vida que perder
y sabes que de olores está el mundo lleno.
Cierras la mano
para no asir más que tu aire
y bebes para olvidar
mientras ríes de lo que te perdiste.
A partir de ahora
eres uno, solo e indivisible
no dejas que te aparten de tu camino
y si caes
recuerdas que otros lo hicieron antes.
Ahora márchate,
pero no olvides dejar esa ventana abierta
por si desea regresar.
©Hisae 2012
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Cansado
>> martes, 16 de octubre de 2012
Fotografía: "El sueño de la razón", Goya
Sin más
que el viento por donde azota
y el color en un horizonte que supuse lejano,
encontré ese pedazo de tierra donde descansar un cuerpo
ya cansado y herido,
sin apenas fuerzas para beber el agua aún no hallada.
Tumbado
intenté descubrir si las estrellas en verdad jugaban
o paradas observaban a la luna,
si la luna replicaba
o realmente estaba en mí hablarte
y sólo tenía miradas fugaces para ella.
Mientras deliraba
sentí como mis ojos se despedían de mí
y cerraban sus cortinas para matar al día
a la vez que yo
mojaba su noche
llorando las lágrimas que antes había olvidado.
Me hizo bien
el sentir que respiraba
y recordar que estabas en algún lugar.
Vivía para pensarte
sabiendo que tarde o temprano me atrevería a mirarte
y decirte
cuanto te amaba.
Si acaso hoy dormía
no me abandonaría a una lenta eternidad
para evitar hablarte.
No. Nunca.
Amar, aprendí a amarte
mientras te soñaba
y te miraba,
y tú rehuías sonreír por temor también a amarme.
Y ahora duermo
y si me ves, ¡calla!
¡Quiero soñarte!
Mátame después, quédate con mi alma
manchada de ti
y despídeme de la noche.
©Mario M. Relaño 2012
Sussana
>> domingo, 14 de octubre de 2012
Foto: Mandayona, by Mario M. Relaño
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Ella vivía porque le tocó vivir.
No tuvo opción y como todos, no lo eligió. Los pocos que la conocían pensaban
que simplemente se dedicaba a que pasara la vida, a gastar el tiempo, pues
estaba metida en un juego en el cual no había sido preguntada su decisión de
participar.
Jamás vestía bien, pero debía de
ser muy guapa. Nunca tuvo ocasión de demostrar su valía por lo que nadie sabía de
cuánto era capaz.
Sussana o Sussy como la llamaban
en el vecindario, vivía rodeada de libros, cigarrillos y botellines de cerveza.
Ocasionalmente, se veía entrar y salir de su casa a algún hombre sin ningún aspecto
en concreto. Todos muy distintos. Pero debían de ser esas las únicas personas con
que se relacionaba después de la muerte de su hijo y posterior desaparición de
su marido.
En su descuidada casa de fachada
descascarillada, siempre estaban la puerta y las ventanas abiertas, por lo que
era fácil verla desde fuera. La mayoría de los días, vestía apenas con un
sujetador a cuadros con olor a detergente y un pantalón corto. Todo en ella
olía a detergente excepto cuando el humo del tabaco impregnaba su entorno y hasta
su mismo rostro parecía difuminado en humo.
Las tardes las pasaba
prácticamente sentada en una hamaca del porche leyendo novelas de Betty Smith o
a poetas como Ginsberg o Whitman, bebiendo cervezas y aplastando cigarrillos fumados
en el cenicero. Y de allí no se movía
hasta que el cielo pasaba del azul al amarillo-naranja en el horizonte y la
brisa que antes movía las ramas de los árboles se convertía en aire fresco y la
hacía meterse dentro de la casa para colocarse por encima una vieja camiseta.
Pero aquella tarde algo pasó para
que transcurriese diferente. Una sucesión de casualidades provocó que ese
cachito de tristeza que siempre parecía envuelto en papel de aluminio, se
quedara dentro de casa y no pasara la tarde con ella, para darle la valentía de
cambiar una rutina.
Por algún motivo, levantó la
vista y distinguió antes su sombra que la silueta que se acercaba. No esperaba
a nadie. Volvió por un instante al libro, hasta volver a levantarla para
encender otro cigarrillo.
Su mirada rozó su rostro. Sus
palabras sonaron demasiado altas en ese porche poco acostumbrado a ruidos. Casi
con eco. Su voz grave, sonora y clara, le dijo:
-
Hola Sussy.
Ella no contestó. Escupió una
bocanada de humo, vació el botellín de cerveza y miró a ese horizonte quizá hoy
más azul.
-
Han pasado varios
años, Sussy –continuó él. Veo que me
recuerdas. Tu silencio me hace pensar que sigues culpándome de la muerte de tu
hijo y la desaparición de David. Pero yo no tuve nada que ver con eso.
-
¡Lárgate, Mike!
–gritó ella.
Sussy conoció a Mike casi al
mismo tiempo que a su marido. Ambos eran amigos, y después de casarse, él
pasaba muchos ratos en casa con ellos. A ella eso nunca le terminó de gustar,
porque este era el tipo de amistad que impedía que ellos pudieran tener un
matrimonio convencional. Desde el día siguiente a su matrimonio, Mike entraba y
salía de su casa como si fuera suya. Es cierto que él les ayudó a buscar este
pequeño agujero por un precio razonable, colaboró en obras y mudanza, pero ella
en ese momento deseaba disfrutar de su recién vida de casada.
David, su marido, parecía siempre
hacerle más caso a Mike que a lo que ella decía, y eso contaminaba sus noches
en vela. Casi a los pocos días de casados, él ya se marchaba con Mike y
aparecía ebrio a media noche. Es más, estaba casi segura que su hijo fue
engendrado en un polvo forzado en una de esas noches en que su boca rezumaba
alcohol y ella se negaba a ser penetrada.
Cuando nació Steve, su matrimonio
tan sólo era ya una mancha negra en su vida. Una mancha demasiado sucia para
que el detergente pudiera borrar. David sólo se levantaba de la cama para beber
más y desaparecer con Mike. Los pocos ingresos que entraban en la casa eran por
las clases particulares de francés que impartía ella en la escuela local. Las
ilusiones que siempre tuvo de adolescente al enamorarse de David se habían esfumado
y ninguna se había cumplido.
Sus días pasaban preocupada en
procurarle un bienestar a Steve. Intentó que tuviera una infancia digna, pero
no lo fue en absoluto. Su niñez estuvo siempre acompañada por los gritos y golpes que veía en casa.
Un día llegó Mike demasiado
temprano, cuando Steve dormía e incluso ni David se había levantado. Ella, sin
ninguna gana, le preparó el café que le pedía. En el momento que le llevaba la
taza humeante él la agarró por la cintura, apretó su cuerpo contra el suyo y
notó su miembro duro. Ella, le tiró el café a la cara y él, con toda su fuerza,
le soltó un violento golpe que la tiró contra el fregadero.
Al menos consiguió que se
marchara, aunque la herida que en ese momento le sangraba tardó en desaparecer
de su rostro y más, de su alma.
No volvió a ver a Mike.
El ruido producido por el golpe
de Sussy al caer contra el fregadero, provocó que David se levantara y Steve
rompiera a llorar. Él la vio sangrar, pero no preguntó que pasaba. Por el
contrario, empezó a vociferar:
- En esta casa es imposible dormir –gritó.
¿Te quieres callar, enano?
Y se dirigió furioso hacia el
cuarto donde estaba Steve. Sonó un golpe seco. Steve no volvió a llorar.
-
Déjame que te
diga algo, Sussy –continuó Mike sin hacer caso de las palabras de ella.
-
He dicho que te
largues, cerdo –soltó ella con rabia, tirando el botellín de cerveza contra
el suelo. ¿Te parece acaso poco el daño
que nos has hecho?
Ella, levantándose de la hamaca,
hizo mención de entrar en la casa, pero Mike la sujetó del brazo y le rogó:
-
Por favor, Sussy.
¡Escúchame! No tengo nada que ver con la muerte de tu hijo y la desaparición de
David. Cuando salí de tu casa aquel día, nunca más supe de él. Me enteré a los
pocos días de la muerte del pequeño. Pero no he vuelto a ver a David. No supe
nada de él hasta la semana pasada. Por eso estoy hoy aquí, Sussy. Para verte,
para contarte lo que sé. Para que de una vez por todas, entiendas todo.
Ella se soltó con brusquedad.
Entró en casa, pero dejó la puerta abierta, como una invitación muda a pasar. Se
sentó, y su mirada, perdida en el vació le cayó la boca. Era como una muñeca de
trapo, sin vida. Si acaso, era porque respiraba. Si acaso sentía que respiraba,
era para odiar que siguiera viva.
-
Sussy,
–comenzó Mike- no supe nada de David en
mucho tiempo. Cuando aquella mañana vine a tu casa, realmente venía para
despedirme de ti, sabiendo que él no estaría levantado. Había sido consciente
del daño que mi amistad con David había hecho a tu matrimonio y quise
retirarme. Si mi amistad con él había continuado en el tiempo, era por ti. Tú
eras quien me importaba. Pero no lo supe hacer bien y en lugar de enamorarte,
conseguí que me odiaras.
El día de la despedida, estropeé todo aún
más, y te pido disculpas por ello. ¡No podrás jamás entender lo que se sufre al
ver a la persona que amas, siendo maltratada por un imbécil!
Ese día marché. Cambié Chester por Clover,
donde he pasado todo ese tiempo. Allí he trabajado con mi hermano en una
carpintería de su propiedad. No me ha ido mal. Nunca más supe de David hasta la
semana pasada. Mi hermano y yo viajamos hasta Lancaster para hacer negocios con
una empresa maderera, cuando le vi. Él no me vio a mí, pero yo le seguí. Salía
de un bar, y créeme que tenía un aspecto horrible. Vestía con un pantalón sucio
y muy roto y una camisa abierta casi entera.
Mike levantó la cabeza para mirar
a Sussy. Ella seguía ausente. Ni siquiera sabía si había escuchado una palabra
de lo que le estaba contando. A pesar de eso, Mike siguió narrando:
-
Entró en lo que entendí
era su casa, un pequeño antro con apenas una ventana sin cristales. Con cuidado,
me asomé y vi como se abría una cerveza y se tumbaba en un viejo sofá. Supuse
que se dormía.
Volví donde estaba mi hermano buscando una
excusa para dejarle por unas horas y le mentí diciendo que había recordado que
en Lancaster tenía unos conocidos, por lo que intentaría localizarlos. Sin
pérdida de tiempo, entré en el bar de donde había salido David apenas quince
minutos antes. Intenté, sin que se notara mucho mi interés, hacerle preguntas
al camarero. Sí, me confirmó que era David, que era un vago alcohólico que no
trabaja en ningún lugar. Se cree que el poco dinero que tenía para gastarse en
comida y bebida lo sacaba de pequeños hurtos nunca probados. Vivía en esa casa abandonada de las afueras
de la ciudad y no era muy querido por los lugareños. En diferentes ocasiones
había provocado altercados en ese mismo bar, casi siempre provocados por la
bebida. Y en más de una ocasión pasó la noche en el calabozo de la localidad.
-
Mike -dijo de pronto Sussy.
Ese cabrón mató a mi hijo de un golpe.
- Lo
sé, Sussy. Lo sé. Y también sé que consiguió salir impune.
Fue la primera
vez que Sussy levantó la mirada hacia Mike. Siguió callada mientras Mike le
agarró una mano que ella no retiró. La lágrima que hasta hace muy poco había
estado ahogando su ojo, comenzó a resbalar por la mejilla mojando incluso su
cuello. Mike seguía con su mirada ese recorrido sin querer interrumpirlo. Tan
sólo contemplaba y se contagiaba de esa tristeza tanto tiempo en él reprimida.
- Ese
día cuando te marchaste -comenzó a narrar Sussy, David se levantó furioso por haber sido despertado. Steve lloraba y él,
sin mediar palabra, se dirigió a su cuarto y le dio un golpe que resultó fatal.
Dándose cuenta de lo que había hecho, vino
hacia mí, me cogió del cuello y dijo: "tú jamás dirás nada de esto, puta.
Si no, serás la siguiente".
Él mismo inventó una historia para poder
enterrar al niño y salir impune. A los pocos días, desapareció.
Sussy se levantó hacia la cocina.
Trajo dos botellines de cerveza y sentándose nuevamente, contempló como la
noche había envuelto la casa y el valle que la rodeaba había sido engullido por
la oscuridad.
Mike quiso imaginar el dolor de
esa mujer. Quiso ver en cada una de las arrugas de su rostro un golpe de la
vida. Se arrepintió de todo el mal por él provocado, siempre inconscientemente.
- Sussy -rompió el silencio Mike, David
está acabado. Me comentaron que la cirrosis acabará con él en los próximos
meses.
No dijo más. No lo creyó
conveniente. Se levantó y se dirigió a la salida. Al abrir la puerta, se giró,
miró por última vez a Sussy y se marchó para siempre.
Quizás, al fin, había llegado
para Sussy el momento definitivo para cerrar el capítulo más doloroso de su
vida.
© Mario M. Relaño
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Relatos
Escondía versos
>> miércoles, 19 de septiembre de 2012
Escondía los versos
para vete tú a saber quien
en las casas más ocultas de las oscuras calles,
cargadas de sombras
por la acumulación de la noche
y la escasez de farolas.
Escondía versos
para ser leídos por los más madrugadores
en cualquiera de las mañanas..
Rimaba mis amores,
mis desamores y desganas,
penas y alegrías,
mis días, pocas noches.
Escondía versos
a personas anónimas
que jamás llorarían mis dolores
ni reirían mis ocurrencias de poeta
sin nombre.
Amaba sobre todo las letras,
las mañanas y el temor de la noche,
la soledad en mis andanzas
los pecados veniales
y las flores.
Escondía versos,
diversos todos ellos.
Eran mi tesoro.
Tesoro que quedaría enterrado
conmigo tras mi muerte.
Fotografía: "Sueños de infancia", Vicente Méndez
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Me gustaba su aliento
>> sábado, 15 de septiembre de 2012
Me gustaba su aliento.
Quizá por ello tendía a devorar su boca,
boca ya marcada por besos que no eran míos
y que mi lengua trataba de borrar.
Amanecía tan de repente,
que no me daba tiempo a terminar de soñar,
y los azules de mi mañana
se tornaban turbios si no alcanzaba su boca.
Me encantaba tentar a la suerte
y salir desnudo a la terraza
para ser abrazado por el sol.
El mar, de fondo,
sonaba como las cuerdas de mi guitarra,
esas que acariciaba en tardes de aburrimiento.
Si no estaba,
dibujaba labios rojos en trozos de papel
y los dejaba tirados
por el suelo.
Así nunca olvidaría mis deseos
de tener su boca pegada a la mía,
porque
me gustaba su aliento.
Foto: "Desnudo" José Luis Zúñiga.
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Dejé de escribir
>> sábado, 8 de septiembre de 2012
Dejé de escribir relatos
cuando por undécima vez me leyó y calló.
Las letras comenzaban a caer por el papel,
como las gotas de lluvia
resbalan por la luna del coche.
Mis poemas se volvieron inútiles,
dejaron de hablar,
y el sin sentido no rozaba los corazones.
Dejé de escribir
cuando descubrí que lo mío era vivir de los otros,
empaparme en agosto,
fumar porros en cigarrillos chupados
mientras reíamos sentados en la acera
y jugábamos por la noche con la baraja francesa.
Mi cama quedó vacía mucho tiempo
porque cada noche yo ocupaba una diferente,
nunca más me volví a resfriar
y bajé de peso.
Dejé de escribir
porque creía no tener nada que contar,
aunque en mis noches se agolpaban los sueños.
Miraba tras la ventana
y los niños corrían tras la pelota.
Yo me lamentaba.
Desde entonces,
me dedico a leer en secreto, sentado en el retrete.
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Me regalaste gemidos
>> martes, 4 de septiembre de 2012
Me regalaste gemidos
hoy ya gastados
que figuran entre nuestros recuerdos,
esa música de cisterna de fondo,
una luz
apagada,
jugando los tres, tú, yo y la sombra,
reacios a que terminara el momento
de nuestros enjugados sudores.
Gritos que los vecinos no llegaban a escuchar,
la mesa puesta
y el tiempo que se acaba.
Un rápido adiós
mientras sigue amaneciendo cada día
y las palabras caen en la hucha del ahorro.
Me regalaste gemidos,
que me tragué para tenerlos.
Eran míos.
Hoy te miro,
sonrío y piensas
si acaso fui yo o lo inventaste.
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Como me pediste
>> viernes, 31 de agosto de 2012
Te escribo un libro corto,
sin páginas,
ni letras, ni imágenes visibles,
pero muy intenso
y cargado de momentos para saborear
en voz alta,
como me pediste.
Dedico mis noches a contarte
y dedicarte cada uno de los sentimientos
que desea expresar mi alma,
a ratos,
a veces,
como me pediste.
Es un best seller
de tamaño reducido y sin color,
con tapa dura
y lágrimas en su interior,
unas veces muy felices
las menos, tristes,
como me pediste.
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Migajas
>> martes, 28 de agosto de 2012
Esas migajas que los pájaros picotearon
eran suspiros que lloró mi alma,
deseos
convertidos en pasiones ardientes
derramadas éstas en las calles por tu ausencia.
Las llamadas que te hacen mis sueños
las envuelves en palabras
que
cantas a otros oídos
mientras quedo desnudo en la cama,
esperándote.
Y así termina un día
y otro
y otro más ya empezado,
teniendo que apagar las luces del pensarte
para mirar más lejos,
a través de mis ojos verdaderos.
Esas migajas que alimentaron a los pájaros
eran trozos de mi yo ya penado,
gastado
en tiempo a tu lado, indeciso
y muerto
escuchando
historias que no son mías.
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El tímido poeta aquel
>> sábado, 25 de agosto de 2012
De viejas revistas recortaba las palabras
que después le servirían para completar poemas
al tímido poeta aquel
que tiraba pasquines por las esquinas.
Apenas rimaba
pero amaba por encima de todo,
y de vez en cuando
sus propias lágrimas se convertían en sueños reales
de la intensidad como vivía
con la luz como lo sentía.
Sus versos no se leían,
se olían.
Las noches las transformaba en días,
los días
los vivía,
el tímido poeta aquel
que tiraba pasquines por las esquinas.
Y mientras pasó su vida,
corta,
entre silencio y silencio sin hablar,
por querer esconder lo que él pensó inútil,
contenida la belleza de lo creado,
enfrascado,
secas sus letras.
Y murió solo
y nadie supo de su ausencia y de la existencia
del tímido poeta aquel
que tiraba pasquines por las esquinas.
Hasta que llegó el otoño
y con el otoño el viento
y con el viento el arte del movimiento,
donde al fin volaron
y el mundo conoció
las letras de esos poemas
del tímido poeta aquel
que tiraba pasquines por las esquinas.
Foto: Sgt. PEPE
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Tantas y tantas cosas
>> jueves, 9 de agosto de 2012
Si supiera que retuviste alguna de mis palabras,
que las hueles, las mimas y las cuidas,
que las moldeas para hacerlas más tuyas,
si supiera que comprendes mi vértigo,
mi miedo a volar,
que lo asumes y evitas que yo mire hacia abajo,
¡cuantas cosas te diría!
Hablaría de lo bueno que he vivido,
que retengo,
de lo malo borrado,
de los sueños por tener
y tener sólo contigo,
contaría los minutos para hablar
y mirarte mientras domas mis palabras
y comprendes lo que te digo.
Escribiría de blanco en las sombras
y con sombra en la luz
para que leyeras,
pintaría de azul la noche y un sol amarillo
y amanecer así juntos,
narraría mi historia en libros de aventuras
y tú
serías protagonista imborrable.
Si supiera que realmente fui tuyo
en algún instante,
que los silencios fueron más que silencios
y que las ausencias fueron bellas,
si acaso volviera a nacer
y me buscaras,
entonces daría por buenos mis versos.
Si acaso se rompe la noche
>> domingo, 22 de julio de 2012
Definitivamente, no nos veríamos
mañana. La noche había terminado de romperse. Sabíamos que algún día esto podría
ocurrir pues la percepción que dejaba la estela de la oscuridad era de absoluta
pobreza y deterioro, aunque siempre confiábamos que se solucionaría y no habría
que acatar el alejamiento por la muerte definitiva de la noche. El día anterior
ya nos despedimos con una mención especial a la noche y si ella permitiría que
nos volviésemos a ver. Sería triste no hacerlo.
-
Te veo mañana.
-
Si acaso no se
rompe la noche.
-
Algo tendrás que
hacer si eso ocurre.
¡Y vaya si tuve que hacer! Después
del disgusto inicial al darme cuenta que la noche se había roto, después de
llorarme todo lo que había que llorar, me puse manos a la obra a remendar el
manto negro oscuro de la noche.
Necesité kilómetros y kilómetros
de hilo negro que robé de los pañuelos de las viudas, esos que antaño fueron
blancos y se tintaron con sus lágrimas negras.
Como agujas utilicé las isobaras
de mi mapa del tiempo, donde una vez enhebrado el hilo introduciría por los
huecos que las estrellas dejaban al apagarse.
¿Y la luna?
-
¿Me ayudas, luna?
-
Yo soy reina de
la noche. Yo, llena, seré botón que encaje en los ojales y la luz que vuelva a
definir las líneas que perfilan la noche.
Y así pasé muchas horas, tantas
que juntas hubieran formado años completos. Entraba la isobara y deslizaba el
hilo de viuda hasta dejar un bordado casi perfecto. La luna observaba y daba
instrucciones. Yo caía rendido a ratos y posaba mi cabeza en su hombro
menguante, adormecido.
Y llegó el momento de la luna y
estar llena y quiso entrar por el ojal. Penetró con tanta facilidad como la
cometa sabe sobrevolar el cielo.
Y la noche empezó a brillar
cuando volvieron las estrellas.
Y tú mirabas desde abajo
acompañado de tu perro, mientras soñabas lo maravilloso que sería verme al día
siguiente.
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Relatos
Puta
>> jueves, 19 de julio de 2012
Golpe al corazón,
atentado a una vida ya de por sí gastada
y agudizada por un desprecio previsible.
No había armas
tan sólo la ignorancia.
No hubo sangre
mas lágrimas no faltaron en sus ojos.
Hoy vive de rebajas,
de hombre en hombre, sin mirar,
doliente de un pasado
que nunca alimentó su ego.
Duerme en camastros
y se fuma lo que queda,
no pregunta por no hablar
y no responde si preguntan.
No luce cuerpo
por tener feos hasta los intestinos
pero sigue mirando al cielo cada mañana
como si fuera la primera.
Se dedica a escribir versos
para leérselos frente al espejo
y no duda en cantar a solas
pues siempre se sintió artista.
Olvidó qué es un beso
o acaso nunca lo llegó a aprender
por eso no lo extraña,
pero le duele el frío de una cama vacía,
de una noche a medio hacer.
Agarrado a su desnudez
>> miércoles, 18 de julio de 2012
No hizo falta
más que mi deseo tumbado en la cama
y sus ganas agarradas a las sábanas.
No soñé con grandes ceremonias
ni siquiera con una noche entera.
Tan sólo quería un pedazo de su yo
para saberlo
y poseer su desnudez.
Amarme, no me amó,
ni le conté en que consistía eso.
El blanco del entorno
se tornó manchado,
los ojos cerrados no miraban,
veían negro sin estrellas.
La noche tocaba a la ventana
y el suspiro apremiaba al adiós
sin saber qué guardaba
en toda aquella espesura.
Cerré con cuidado al mirarnos,
dejamos espacio abierto
y nuestra vida siguió a partir de las seis
sin un gracias por venir,
sin un beso que sobrase.Read more...
El dolor
>> lunes, 18 de junio de 2012
Acababa de salir del dentista.
Nunca le había gustado esta cita anual y es quizás por ello por lo que siempre
retrasaba la visita y eso, después, le originaba más problemas. Si cumpliera
las visitas regularmente como le recomendaban y no lo dejara para última hora,
no lo pasaría tan mal.
El dentista había hurgado y
manipulado tanto en su boca, que aquella mañana salió de la clínica con un
intenso dolor.
El trayecto desde allí a su casa
iba a ser un infierno hasta que pudiera llegar y tomarse el analgésico que le
había recomendado. El camino le pareció más largo de lo habitual, y maldijo
tanto al dentista que le fue imposible leer en el metro como era frecuente en
él.
Lo peor fue llegar a casa y descubrir
que no le quedaba ningún analgésico en el botiquín. A esas horas las farmacias
estaban todas cerradas y debía esperar a que abriera la de la esquina para poder
tomarse algo. Pero el dolor era tan intenso que creyó no resistirlo más.
Pensando en un plan de supervivencia, quizás su vecino le podría prestar algún
calmante hasta que él pudiera comprar sus provisiones.
Cuando iba a salir de casa, se
vio reflejado en el espejo que colgaba encima del mueble del vestíbulo. Giró la
cabeza y se miró. Apartó la mirada e inició la marcha pero rápidamente sus ojos
regresaron al espejo para verse de nuevo. Se vio guapo. Se encontró
interesante. Sonrió.
- Te sienta bien el dolor, amigo –se dijo a sí mismo.
Él nunca había destacado precisamente
por su belleza, ni siquiera por su gracia. Era más bien bajito, algo entrado en
carnes, con unas manchas rojizas en el rostro y bastante tímido.
Siguió mirándose de frente y de
ambos perfiles. Sonría, gesticulaba. Aparentaba menos años de los 35 que tenía.
Sí, definitivamente, el dolor le sentaba bien. Nunca se había encontrado tan atractivo
al mirarse a un espejo.
Volvió sobre sus pasos, se
dirigió a la cocina y bebió un vaso de agua. Se pasó la mano en forma de
caricia por la parte de la cara donde sentía el dolor, y se acercó de nuevo al
espejo del vestíbulo.
Verse de esa manera en el espejo
hacía que olvidara el querer tomarse un analgésico para el dolor.
- No hay mal que por bien no venga –pensaba.
Marchó hacia el sofá del salón, y
mientras seguía acariciando la parte derecha de su rostro, pensó que ese dolor
de muelas le provocaría ser el más admirado entre los de su grupo de amigos,
después de tantos complejos que siempre le acompañaron.
Tenía calor. Necesitaba abrir la
ventana y procurar que el aire le diera en la cara. Estaba sudando y el dolor
seguía su curso sin bajar en ningún momento de intensidad. Sin pensarlo,
mientras sentía la brisa que entraba por la ventana abierta y movía las
cortinas, metió dos de sus dedos a la boca y sacó fuera de ella al dolor.
¡Qué alivio sintió en ese
momento!
Dejó el dolor sobre el alféizar y
se tumbó todo lo largo que era sobre el sofá, dejando que el frescor que
entraba impregnara la estancia. Al fin podría descansar un rato del profundo malestar que había soportado en las últimas
dos horas.
El sopor se unió a la somnolencia
y al fin quedó dormido durante un buen rato. No consta en ningún registro, pero
su cabeza no dejó de soñar durante todo el tiempo que consiguió desembarazarse
del dolor y hasta de su recuerdo.
Cuando despertó, se levantó con
unas terribles ganas de mear. Corrió al cuarto de baño y mientras evacuaba su
vejiga, recordó su mañana en el dentista y el dolor que había pasado. El dolor.
¡El dolor!
Se giró sin tirar siquiera de la
cisterna y se miró en el espejo salpicado de gotas. ¡Se veía horrible!
Corrió hacia la ventana que había
dejado abierta para recuperar su dolor, pero el dolor había desaparecido del
alféizar. Probablemente un golpe de viento lo había tirado a la calle.
Salió corriendo de la casa y
buscó bajo la ventana. No veía nada. Su ansiedad crecía por momentos.
Necesitaba su dolor para volver a tener la seguridad en sí mismo que le había
faltado hasta ahora.
Levantó la vista y vio cómo la
gente le miraba, tendido allí en la acera.
Ángel, el portero del edificio,
se acercó para comprobar si necesitaba ayuda.
-
No, no estoy
bien. ¿Cómo se puede estar bien, habiendo perdido mi dolor?
-
¿Tu qué?
-
Mi dolor, mi
dolor…
-
¿Y cómo era tu
dolor?
-
Era un dolor
intenso, maravilloso… Era mi dolor.
Ángel le miró incrédulo, y sin
pensárselo dos veces, le sacudió una fuerte bofetada en la cara.
-
¿Pero qué haces,
estúpido?
-
¿Te ha dolido?
-
Sí, ¡claro que me
ha dolido!
-
Entonces ¿ya has
encontrado tu dolor?
- No, este no es el
que busco. Mi dolor era diferente. Era un dolor muy especial, intenso y
prolongado, a ratos insoportable.
Se alejó de allí, con la cara
roja por el bofetón que le dio Ángel y pensando en que no sería el mismo si no
recuperaba ese dolor perdido. ¿Por dónde empezar a buscar?
El viento se despertó más tarde,
violento, molesto. Visto el fracaso de su búsqueda, decidió regresar a casa,
con esa especie de depresión no diagnosticada.
Una vez allí buscó un frasco
vacío, abrió la ventana y atrapó con él al viento. Así dejaría de molestarle
por un rato y no incrementaría ese mal humor que se le había puesto. Y ahora,
debería trazar un plan. Necesitaba recuperar su dolor como fuese para sentirse
bien, para sentirse guapo.
Volvió a tumbarse en el sofá.
Esta vez se quitó toda la ropa para desprenderse de parte del calor que le
agobiaba, y con el frasco de viento en sus manos, observaba como éste se movía
y retorcía dentro del vidrio con afán de escapatoria.
Nuevamente se quedó dormido en el
sofá. Pero el frasco se le cayó de las manos con tan mala suerte que se rompió
y fue la oportunidad del viento para escapar. En seguida, cortinas y lámparas
empezaron a moverse. Un golpe de puerta provocado por la corriente le despertó
sobresaltado, y al poner los pies en el suelo, se clavó uno de los cristales
más grandes que estaba en el suelo.
Soltó un aullido. Rápidamente, la
sangre empezó a gotear a tanta velocidad que influía en el tiempo de
coagulación. Él miraba alrededor sin saber qué hacer, mientras veía el pedazo
de cristal clavado en la planta de su pie y sentía el dolor acaparando por
momentos toda su pierna.
Le costaba respirar con
normalidad y esta vez su aliado el viento, girando sobre su trayectoria, le dio
de lleno en la cara y le hizo reaccionar.
Dando saltos con una sola pierna,
consiguió llegar al cuarto de baño. Con mucho cuidado sacó el pedazo de cristal
del pie y taponó la herida con una toalla. El dolor era intenso, pero… Allí
estaba de nuevo. El espejo. El dolor. Su rostro. Su seguridad.
La mejor combinación.
Se miró y se vio hermoso. Se miró
y comprobó que era el hombre más bello del mundo.
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