Fotografía ©Vicente Méndez
Cuanto más cansado se encontraba mi interior,
aparecían
y me despertaban esos malditos cien poemas que, cada
noche,
sin llamar, venían a buscarme.
Esos seres perversos que me dejaban absorto,
perdido
y en ocasiones me provocaban lágrimas mal lloradas.
La enemistad creada entre mi almohada y los primeros tres
versos,
mi silencio
y los murmullos de los espectadores que no había,
las rimas que no eran tales
y esas palabras errantes siempre dichas en el tono más
correcto,
hacían de mí un pobre diablo
y sentía que vivía una vida que no era mi vida
y que ningún maestro
me habló nunca de los maravillosos y malditos cien
poemas.
Y cada noche,
cuando regresaban y las legañas caían de mis ojos
arrastradas por las lágrimas,
yo maldecía esos poemas
y moría para nacer de nuevo poeta
al tiempo que escribía versos en papel higiénico
para que desaparecieran por la mañana y no pudieran ser jamás
leídos.
Y es que yo amaba a esos malditos cien poemas que una
noche,
la primera,
vinieron a buscarme.
Nuestro amor duró tanto como nuestros ojos permitieron
>> domingo, 27 de abril de 2014
Fotografía: Martín Weber
©Hisae 2014
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No siempre había algo que decir.
Con sólo una mirada
interpretaba que el color más claro de sus ojos me
prometía una vida.
Si acaso el día amanecía con sus ojos más oscuros
o el reflejo no llegaba a iluminar las cuencas
me negaba mi codicia
y la oscuridad me llenaba de tropiezos.
Había momentos que su mirada era más o menos penetrante,
limpia o con brillo,
esquiva o no de la perpetua búsqueda de mis ojos
y yo siempre sacaba una conclusión para completar mis
diez instantes de felicidad diarios.
Nuestro amor duró tanto como nuestros ojos permitieron.
Llegaron a pasar
semanas sin encontrarse nuestras miradas
y al preguntar
me comentaron que sus ojos se oscurecieron
y ya no lograba
mirar.
Para mí fue como si hubiera enmudecido
pues jamás supe interpretar
ni una de las palabras que salían de su boca.
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Días de luto
>> martes, 15 de abril de 2014
Foto: Carlos Valcárcel
Qué largos se hacen los minutos de espera
para la hora del duelo,
qué negros todos los vestidos y corbatas,
¡cuánta lástima inspiran viudas y niños!
Cuánto dura el luto que nos regalan tantas y tantas grises
mañanas
y otras tantas noches sin risas ni vasos de vino,
qué inoportuno el muerto
que muere en verano y no en cuaresma
que es cuando uno ha de morir.
¡Qué congoja la que queda
después de marcharse solo!
Cuántos trapos sucios tirados
que nadie quiere lavar,
qué mueca irónica grabó el difunto en su cara
pensando en un ¡sálvese quien pueda!
y partiendo vestido todo él
de mortaja recién estrenada.
Ya no quedan lágrimas transparentes en los ojos de la
viuda
hoy sólo se llora veneno,
¡cuántas ventanas abiertas
y murmullos entre casa y casa!
¡Quién viviera después de muerto!
¡Quién llorara sobre el propio él!
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