#Yomequedoencasa ha sido uno
de los eslóganes que escuchamos a diario en esta guerra silenciosa que hoy estamos
viviendo.
La mayoría de nuestras
generaciones no hemos pasado por una guerra atroz, con miles de muertos y confinamientos
en casa. Pero los que hoy son más vulnerables a este virus, los más mayores, conocen
de primera mano cómo eran esos confinamientos y los muertos sepultados en
cementerios sin gente y apenas llorados. Como fue la guerra y como la
postguerra. Aquellas eran otras guerras, más antiguas.
La guerra moderna como la que
está sufriendo ahora el planeta es una guerra silenciosa, sin bombas ni
disparos. El silencio aturde. Vemos a nuestros vecinos por las terrazas pero no
podemos visitar a nuestras madres. El ejército patrulla las calles antes
atestadas de coches. Vemos hombres vestidos de blanco irreconocibles con mascarillas, desinfectando
algo que nuestros ojos no son capaces de ver. El silencio , tras los días
encerrados, también regresa poco a poco a nuestros hogares, sólo roto en
aplausos con manos que ya duelen.
Es nuestra guerra, la nueva guerra
mundial del siglo XXI, la que acabará con muchos miles de personas, pero la
que, según los más optimistas, nos hará mejores a los que sobrevivamos.
Es nuestra guerra, la de
todos, la del grito unánime de #yomequedoencasa para intentar pararla con las
armas que poseo, mis pobres pero tan importantes armas. Por eso así, cuando
acabe todo y pongamos un pie en la calle, sonreiremos y contaremos ya de
mayores a nuestros nietos, que nosotros también luchamos en esa guerra.
Por eso, hoy lucho en esta batalla
y #yomequedoencasa.
©Mario M. Relaño 2020
El Adagio de Albinoni
>> domingo, 8 de marzo de 2020
No fue la mañana en la que, mientras
caminaba, vi en la acera de enfrente a un chino arrascándose los testículos. No
fue aquella mañana donde la chica chocó con el señor que descargaba leña de la
furgoneta. Cuando giré la cabeza, el
chino no se arrascaba nada, tan solo buscaba las llaves en el bolsillo para
poder entrar en casa. Y, siendo el señor el que se giró con la leña sin mirar,
la chica fue quien se agachó a por la leña caída pidiendo en reiteradas ocasiones perdón.
No, no fue aquella mañana sino
la siguiente, cuando mientras planchaba puse en el ordenador el Adagio de
Albinoni y, dejándome absorber por esa bella música creí ver como Hauser
eyaculaba mientras tocaba el chelo. No, tampoco era cierto que eyaculara,
aunque viendo aquella cara cualquiera hubiera pensado que yo veía porno
mientras planchaba. O quizás de alguna manera sí eyaculaba de placer Hauser con
aquella hermosa canción que él tenía la habilidad de hacer sonar en su chelo. Le
miré fijamente y él sudando, movía la cabeza hacia los lados y acariciaba el
instrumento. Era un precioso Adagio. Era el chelo de Hauser.
No fue aquella mañana. No
eyaculaba. Tan solo él era un afortunado por poder interpretarla y yo por poder
escucharla.
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Relatos
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