Permanece intacto
>> viernes, 5 de noviembre de 2010
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Cuando de primaveras se trataba, o del mar, o acaso de miradas de soslayo al cielo, me dabas la mano. Cuando los secretos se amontonaban en nuestros cotidianos días y ninguno de los dos llegó a encontrar la llave, me mirabas en silencio sabiendo que te entendía.
Si acaso te marchabas y yo me quedaba hasta el final del ocaso, pidiendo el deseo de una interminable noche –siempre a tu lado, regresabas.
Cuando unos lo llamaban debilidad y nosotros pensábamos que eso era ser feliz, entonces entendíamos que la sensibilidad era universal. El hombre era más hombre, nosotros éramos más hombres que aquellos que quemaban sus ratos entre gritos, suciedad y alcohol barato. Éramos más hombres –aprendimos-, porque habíamos logrado proyectar esos instantes diarios de felicidad, sin miedo a discernir entre diversos azules o el pánico a ahogar versos entre lágrimas.
¡Qué feliz siendo hombre!
Me invadió una especie de vértigo al saberme afortunado y compartirlo contigo. El saberme más hombre que aquellos que trataban de contaminar mi mundo.
Ahora, tú eras capaz de llorar, desnudo tu torso, en mi hombro. Sin dudar ni un instante de tu virilidad.
No me pidas que me calle, si no sabes lo que siento.
Decirte una vez más, no es crucificarte en la tarde,
aunque mis ojos formen parte de ella
y la certeza de mirarte
conviva desde el alba al oscuro e incoloro ocaso.
El día nació bello para ambos,
azules jugando con matices,
cielos que se rompen,
brillos del sol en el agua.
Los abrazos y los besos que me lees
¡No! ¡Basta!
no me robes tanto las frases
y abrázame.
Palabras arrebatadas al instante
que duelen y no se piensan,
y ahora
no me pidas, por favor, que me calle, si no sabes lo que siento.
Lo dicho volando al cielo,
confundido entre las nubes
y ese amor
que se muere todo el tiempo.
¿Cuándo podré leer tu poesía inacabable
que aún no comenzaste?

Nunca había soportado el peso de tener tanto que escribir y tan pocas palabras para hacerlo.
Cual fusta, no me habían restregado el largo látigo tan dolorosamente por la espalda y a la vez tan placenteramente.
Jamás antes soñé tanto sin amar,
ni había deseado matar un deseo por el placer que producía.
Nunca imaginé que un día con una noche de palabras
fueran a ser alimento para el hombre.
Y hoy siento un apetito voraz...
Ya sé que la palabra alimenta y el hambre llega cuando hay silencio.
Tengo tanta necesidad de escribir
como la que pueda sentir el cielo de la luna al caer la noche,
o el cachorro de la madre ente el peligro.
Urge prolongar las horas hasta agotarme,
sin que existan relojes que callen.
Deseo que nuevamente
alguien me escuche y me diga que me conoce.
¡Ven!
Me bastan dos de los cinco sentidos
para morir por un orgasmo
cuando mi tacto tantea tu piel
y huelo el vaho de una escasa distancia.
Quedé ya ciego
al mantenerte estoico la mirada
y sordo cuando pronunciaste mi nombre.
Al besarte,
me supiste a vida.
El pánico me sobreviene
si en un nuevo día no te recuerdo
o no te nombro,
o acaso el humo de un instante
me aparta del hilo que me une a ti.
Por besarte,
jamás me supieron ya otros besos.
Mis labios forman parte de la noche.
Nada peor
que una palabra olvidada en un libro vacío,
sin hojas,
como un otoño incoloro.
Perdido.
Nada peor
que sea tu palabra,
aquella que me dijiste
y olvidaste
y yo recuerdo pero tú ya no deseas decir.
Lloro por esa palabra,
que se queda con el tiempo
seca de letras.
Las frases permanecen escritas, cientos de ellas,
y no me dicen nada.
Siento que piensas que estoy muerto,
y eso me entristece,
mientras sigo buscando una palabra que te defina.
Las imágenes imborrables de mi cabeza
siguen perdurando borrosas,
y tu presencia
me empapa la ausencia de hoy.
¿Por qué ese empeño
de que cada una de las dolorosas espinas de una rosa
se clave en tu hueco silencio?
¿Por qué ese empeño?
¿Acaso no recuerdas que la sangre
es roja?
Hoy, más que nunca,
me gustaría no ser yo,
y sentir como un día pudo también sentir una hoja verde
antes de caer del árbol,
o nadar perdido como nada el pez.
Se detiene esta mirada
contemplando tus palabras
sintiendo tu vida.
Tu vida
en mil palabras.
En mis sentidos, en mis afectos,
en lo que soy
y he sido
en tus sentimientos,
no sólo en mis pensamientos.
El rumor
de tu sombra
proclama tu esencia viva,
mi piel congela todos nuestros segundos
y mi alma los eterniza…
tatuados pensamientos.
Sonrío y lloro,
lucero caminante
en senderos de sueños
con trazos de tu vida
ocultos pensamientos.
Tu voz
vuela en la distancia y
consumo tu inigualable diferencia
-saboreo tu desnuda esencia-
se ilumina mi sombra
a la luz del faro
de tu isla.
Eclipsa mis reflejos
en el mar de tus ansias,
atada con lazos
dulces de vida,
van mis rasgos
en tus
pensamientos.
A mi amigo Mario (Francisco Vázquez)
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