No fue la mañana en la que, mientras
caminaba, vi en la acera de enfrente a un chino arrascándose los testículos. No
fue aquella mañana donde la chica chocó con el señor que descargaba leña de la
furgoneta. Cuando giré la cabeza, el
chino no se arrascaba nada, tan solo buscaba las llaves en el bolsillo para
poder entrar en casa. Y, siendo el señor el que se giró con la leña sin mirar,
la chica fue quien se agachó a por la leña caída pidiendo en reiteradas ocasiones perdón.
No, no fue aquella mañana sino
la siguiente, cuando mientras planchaba puse en el ordenador el Adagio de
Albinoni y, dejándome absorber por esa bella música creí ver como Hauser
eyaculaba mientras tocaba el chelo. No, tampoco era cierto que eyaculara,
aunque viendo aquella cara cualquiera hubiera pensado que yo veía porno
mientras planchaba. O quizás de alguna manera sí eyaculaba de placer Hauser con
aquella hermosa canción que él tenía la habilidad de hacer sonar en su chelo. Le
miré fijamente y él sudando, movía la cabeza hacia los lados y acariciaba el
instrumento. Era un precioso Adagio. Era el chelo de Hauser.
No fue aquella mañana. No
eyaculaba. Tan solo él era un afortunado por poder interpretarla y yo por poder
escucharla.
Sinsentido
>> jueves, 25 de julio de 2019
No sólo de poemas vive el hombre, amigo, y lo sabes.
Aunque tengamos que sudar la camiseta
porque los números no nos cuadran como encajan las
entrelineas,
aunque los jueves sean nuestros domingos
y después de estos no haya más anhelo.
Aunque el poema del día te lo repita en cada venta
porque las letras se entremezclan y no vislumbras mis sinsentidos
lo que permanece es la esencia
de lo soñado y lo pendiente de vivir
y que si es contigo
al menos
será tuyo, pero conmigo.
La tienda de ventiladores
>> jueves, 27 de junio de 2019
Este no fue un domingo
cualquiera. Y aunque él siempre pensó que su vida no era interesante, seguramente
que este día le marcaría durante mucho tiempo.
Amaneció como amanecen los
domingos, con un silencio provocado por el descanso de muchos y las resacas de
otros tantos. El cielo, azul rabioso, su preferido.
Su turno de trabajo, aunque
era el día del señor y en casa se comía paella, era de tarde.
Pero a pesar de ello, él
siempre se levantaba temprano, unas veces montaba en bicicleta, otras paseaba,
otras no hacía nada y se creía el ser más aburrido del planeta. Pero siempre madrugaba
por aquello de si se cumplía el refrán y dios le ayudaba.
Cuando salió aquel domingo de
casa, después de ponerse una camiseta y tapar su tatto del hombro, las calles
sí estaban puestas. Le habían mentido demasiadas veces al respecto. Aquel señor
debía de madrugar mucho más que él para ponerlas.
Saltó una caca de perro y se
dirigió hacia el parque. Apenas eran unas decenas de metros. Fue al llegar
donde vio allí dormido sobre un banco a un indigente y, al fijarse bien, descubrió que lucía un
gran anillo de oro entre la roña que tenía en los dedos. Lo miró bien. Tremenda
joya poseía ése quien fuera.
Además del pobre o rico señor,
nada más había que le llamara la atención, por lo que decidió continuar calle
arriba en plan paseo dominical.
El bar Costa Río estaba
abierto temprano como cada domingo, con sus típicos churros mojados en
chocolate que servían de siete a once.
A lo lejos, y en paralelo a
donde estaba el bar, divisó un negocio nuevo que nunca había visto antes. "Se
alquilaban ventiladores", leyó que anunciaban. El local era de nueva
adquisición y estaban rematando por fuera.
El chaval que estaba sudando
como si le fuera la vida en ello, saludó con la mano. Su sonrisa era llamativa.
Atractiva. Le hubiera alquilado todos los ventiladores que tuviera en stock
para que me sonriera de por vida.
La ofrecí un pañuelo para
secarse la frente y él me ofreció beber agua fresca de un botijo.
- ¿Cómo lo llevas? -le
pregunté.
- Abrasado por el sol y con
carencia de abrazos -me hizo el juego de palabras con acento canario, aunque se
intuía que él no era isleño.
- Ojalá mis brazos fueran los
elegidos para tal menester - le seguí el juego.
Me explicó en qué consistía su
negocio y yo le recité mi vida en forma de poema. Él me abrió las puertas de su
tienda, yo le abrí de par en par en mi corazón.
No le vi nunca más, aunque
apenas han pasado tres horas desde que me marché. Sólo espero que mi teléfono
no se quede sin batería.
©Hisae 2019
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Relatos
María Magdalena
>> lunes, 26 de marzo de 2018
Era María Magdalena puta
reconocida,
deseada y endemoniada,
-no olvidemos que Cristo echó fuera siete demonios de ella-
y finalmente santa.
La puta Magdalena -la santa Magdalena-
dejó el Calvario para comprar un perfume,
no para ella,
sino con el fin de preparar el cuerpo de Cristo tras su calvario.
Así se hacen los santos,
así era María Magdalena.
¿Y qué fue de María Magdalena,
si cuentan que tuvo hasta siete hijos con el nazareno,
-si acaso eran de él,
por lo de puta, digo-?
Es María Magdalena santa de altar,
o santa en su casa,
bien vista y protagonista
de tantos versículos escritos
pero no alzada jamás en las andas de Semana Santa.
Buena María Magdalena,
santa ella, puta también,
pero querida
venerada y siempre recordada
más en Cuaresma,
por lo del ayuno, también digo.
©Hisae Read more...
deseada y endemoniada,
-no olvidemos que Cristo echó fuera siete demonios de ella-
y finalmente santa.
La puta Magdalena -la santa Magdalena-
dejó el Calvario para comprar un perfume,
no para ella,
sino con el fin de preparar el cuerpo de Cristo tras su calvario.
Así se hacen los santos,
así era María Magdalena.
¿Y qué fue de María Magdalena,
si cuentan que tuvo hasta siete hijos con el nazareno,
-si acaso eran de él,
por lo de puta, digo-?
Es María Magdalena santa de altar,
o santa en su casa,
bien vista y protagonista
de tantos versículos escritos
pero no alzada jamás en las andas de Semana Santa.
Buena María Magdalena,
santa ella, puta también,
pero querida
venerada y siempre recordada
más en Cuaresma,
por lo del ayuno, también digo.
©Hisae Read more...
Una vida sin grapas
>> domingo, 4 de febrero de 2018
Maldición, ¡va a ser un día
hermoso! ¡Este será pues un cuento hermoso!
¡Bienvenido a mi casa! Cantemos
salmos, amigo extraño.
Pero has de saber que en mi hogar
no existen las grapas. Las grapas rompen, unen lo que no nació para estar
unido, mata la libertad dejándola agujereada.
Una vez entendido, ¡entra a
casa, ánima perdida! Ponte cómodo y charlemos. ¿O acaso todo este tiempo que
has permanecido arrodillado ante mi puerta no era para charlar? ¿Deseas algo
que no intuyo? Pues perro no pareces...
Entiendo que una vida en la
calle no tenga las comodidades como las de estar recostado todo el día en una
confortable nube, siguiendo en directo los acordes de arpas vecinas. Pero has
de entender, que siempre eres el primero en conocer el estado del tiempo y si
acaso nieva, la calle es tuya, muchacho.
¿Sabes? Un día encontré un
beso roto guardado en una caja y no recordaba de quien fue esa traición. ¡He
sido siempre tan malamente besado! Tanto, que cada vez que alguien se acerca a
mi puerta, como se ha dado el caso contigo, me pongo a temblar por si acaso me
piden un ósculo de bocas desconocidas. No me creas pedante, extraño mío. Yo
tampoco tuve una vida fácil, siempre camuflado entre papeles y vestido con
corbatas absurdas que jamás conjuntaban con mis ojos. Pero ¿acaso se nos
permite quejarnos? ¡Jamás! Cada uno carga con su cruz, aunque la mía haya sido
siempre de cuatro brazos y no de madera, sino de acero inoxidable... Porque
como dice Covi, mi médica, soy un tipo raro. Raro pero encantador, le contesto
yo siempre.
Ahora, te dejo porque he de
salir un instante. Te dejo toallas y sábanas limpias, por si acaso decides
quedarte a dormir. Si lo deseas, también hay comida en la nevera, pero por
favor, ¡no toques la grapadora que hay encima del aparador! ¡No funciona!
©Mario M. Relaño 2018
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Relatos
Un bote lleno de piropos
>> domingo, 29 de noviembre de 2015
Y reverdece tu propia luna
cuando piensas en primaveras aunque el otoño sople
y te lo recuerde constantemente con hojas en tu puerta,
y de último invierno
aún conserves un bote lleno de piropos.
¡Pero que linda
está la luna tan verde! -te dices,
como si tú misma pintaras de añil los cielos
y de amarillo los soles,
para que tu luna luciera aún más verde.
Y cuando los hombres te miran
no te mienten,
pues te sabes bella y lo gritan,
y vuelve a ser una y otra vez primavera,
cuando sonríes
y ríes
y les das la mano a unos y a otros besas
para que se sonrojen,
aunque tú salgas corriendo
a ver tu luna
que sigue verde
y continúes sin abrir tu bote de piropos.
Y se ennegrece tu propia luna
cuando te inventas que la vida es más que eso,
e ignoras si los gritos que escuchaste en la mañana
eran de dolor o quizás de jolgorio adolescente,
pero te lanzas decidida
a que si te veo y no me acuerdo,
aunque el café quede frío,
porque rezas a tu diosa favorita
para que te conserve tu atípica belleza
y para que nunca,
nunca, nunca,
el bote de los piropos se rompa.
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Este es uno de esos poemas que queman
>> domingo, 18 de octubre de 2015
Este es uno de esos poemas que queman
y que te derriten los ojos si lo lees dos veces seguidas
sin el permiso del poeta.
Son unas cuantas letras deficientes
escritas en un (mal) momento
que tratan de hacer daño maldiciendo tu aliento.
No conseguirás adentrarte en el segundo verso
cuando ya con el primero
hayas deseado no conocerme,
pues solamente el título
hará que durante la noche escuches incluso
el ruido que hace al arrastrarse un caracol
por la pared sin pintar de tu vecino.
Este es uno de esos poemas
que quizás nunca se debiera haber escrito
pero que el autor sonreía maliciosamente
cada una de las veces que una palabra
quedaba grabada entre juramentos y bostezos.
Y en ese momento, para calentar más el instante,
sale ella y su perro ladra
y tú la odias a ella y al perro
más al perro -por error-que a ella,
y decides
no consentir prestarles un minuto de tu sueño
pues bastante tienes con lo que tienes
y devoras las galletas MARÍA que ni has mojado,
para más tarde,
volverte a sentir igual de solo
como llevas toda la vida sintiéndote.
Y te resignas
a escribir este poema o morir en el intento
y repasas en diez segundos todo lo malo
para darte cuenta que no era para tanto,
que al fin y al cabo estamos aquí dos días
y sonrío
nuevamente
pensando en ti si hasta aquí has llegado
y aplaudes por lo malo de un poema
que trataba de quemar
si recalabas en el segundo verso.
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