Mi cuaderno de bocetos

>> domingo, 14 de junio de 2020



Cien veces o más toqué el botón del ascensor esa semana,
haciendo tiempo para verte si acaso subías o bajabas,
masajeándome la barba para que ningún pelo estuviera desordenado
y lamiendo mis dedos para restregarlos por los ojos, casi siempre pegados de apenas dormir.
Quería estar guapo para ti.
Mi soledad por no verte fue eterna, si  acaso existe la eternidad,
pues nunca te vi salir por ese ascensor
-más tarde me dijeron que estaba estropeado-
ni siquiera sabía de cierto si era aquel edificio donde vivías.

Número ocho rezaba en la entrada.

Un día, sentado en un bar de mala muerte, sucio como ninguno,
en una calle que me pillaba a desmano,
creí verte pasar a través de la ventana.
Fue una ilusión mía, como siempre,
no eras tú,
y me costó pagar los vasos que rompí por la emoción del momento
más las dos rondas de cervezas a las que había invitado para celebrar mi alegría.
Por las noches quería dormirme pronto para soñarte,
aunque yo no sueño cuando duermo,
y si acaso los desvelos podían conmigo, que podían,
dibujaba tu cara en mi cuaderno de notas
pensando que quizás,
un día podría mostrarte los bocetos mientras charlábamos.

Dejé al fin de esperarte cuando me cansé,
y deduzco que, como no me conoces, ni me hablarás
si por un casual nos cruzamos por la calle.
Las farolas me contarán más cosas que tú.
Moriré un poco por no tenerte,
sólo un poco, tan poco creas.
Y nuevamente comenzará mi búsqueda
para cuando te encuentre poder por fin amarte,
o al menos,
pintar tu rostro en mi cuaderno.

©Mario M. Relaño


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Esperando que llegue otra vez mañana

>> miércoles, 10 de junio de 2020



No pasa el tiempo, lo paro, cuando pienso, escribo y veo
que está el suelo lleno de cristales, no sé de qué,
de algún sueño, quizás, hecho añicos.
El día continua despejado, así siempre, una y otra vez
 y las noches muy oscuras, sin luna,
por saberte sin sentirte, o acaso porque son.
Eso pasa siempre. Pero yo me creo cuentos.
Tú descubres nubes a pinceladas en cielos azules
cuando sólo la sensibilidad es capaz de adivinar,
pero lo adivinas,
y me las creo mías, aunque no lo sean.
Más tarde, quizás mañana,
cuando juntes estas frases
y recuerdes las charlas que tenemos sin palabras
que nos damos a deshoras en lugares que nos miran,
y te des cuenta que es a ti a quien miro a lo lejos
mientras cae otro de los pétalos de la rosa que abonaste y que ya muere
y te doy dinero por tus pensamientos
pero lo rechazas, porque no sirve.
Y limpio los cristales, al fin,
sin saber de qué va el sueño o si habrá más,
suponiendo otra vez que no habrá tormenta en la noche
y que amanecerá despejado, lo sé también,
porque aquí se inventaron los azules
y te veré nuevamente,
te saludaré,
me mirarás, supongo, como tú sueles mirarme
y la rosa, terminará de morir sin yo haberte pagado aún por tus pensamientos.
Tú seguirás tu camino,
yo te miraré a lo lejos
Y esperaré que llegue otra vez mañana.

©Mario M. Relaño 



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Caleuche

>> domingo, 7 de junio de 2020




Apareció en aquella atípica travesía por los mares del sur de Chile. Nunca antes había oído hablar de él y no fue hasta que llegué a destino cuando los lugareños de aquel pueblito de mar de las islas Chiloé me contaron las historias de tantos y tantos marineros que ya se lo habían encontrado. Unos me decían que eran leyendas. A otros se les quedaba la cara blanca si les preguntaba.

Era un mar en calma el de aquella noche. Apenas se oía el ligero roce de nuestro barco con el mar  cuando entre la neblina se vislumbró lo que parecía un buque en la lejanía. A su alrededor, un tenue halo de luz amarilla y una maravillosa música como si proviniera de cubierta y la tripulación estuviera en una fiesta.
Cuanto más nos acercábamos al buque vecino, más daba la impresión de que estaba parado y vacío. Incluso abandonado. Sus velas parecían jirones de tan rasgadas que estaban y al casco le faltaba una buena mano de pintura. A pesar de la música, no se intuía movimiento en cubierta.
Apenas un parpadeo después, el barco había desaparecido de mi vista. Por el contrario, en su lugar, un madero flotaba y era rodeado por decenas de delfines que saltaban juntos.
Yo era el único que estaba en cubierta aquella noche y nadie pudo contemplar aquel barco. Yo sólo fui testigo de la aparición y desaparición de  aquella extraña nave. Pero al momento, un revuelo en los camarotes me indicaba que algo ocurría. Y vaya si ocurría. Dos hombres habían muerto sin causas aparentes, me contaron.

El día amaneció tal cual se fue la noche, rodeado de misterio y silencio. Nuestro barco continuó la travesía con el mismo mar en calma pero con el silencio acongojado de todos nosotros. Sólo yo intuía que esas muertes tenían relación con el barco que desapareció. O así al menos lo creía.

Fue ya en tierra, días después del arribo, cuando al fin un isleño me narró las historias que se escuchaban en la isla. Para unos mito para otros realidad, el Caleuche, contaban, era un barco fantasma que aparecía entre la niebla. Con o sin tripulación, decían que morías si lo mirabas fijamente. También que era el salvador de náufragos pero que estos se convertían en marinos del Caleuche de por vida. El barco desaparecía a su antojo y podrían pasar siglos sin que nadie de él supiera.

Tiempo pasado dudé de lo que aquella noche vi. Es tan irreal la historia que quizás sea todo una leyenda. Pero tengo la certeza de que en aquel momento yo no dormía. Y dos hombres murieron al mismo tiempo, a pesar de que se certificó su muerte como de natural.

©Mario M. Relaño

Publicado en la Revista NU2




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La nueva guerra mundial del siglo XXi

>> domingo, 22 de marzo de 2020



#Yomequedoencasa ha sido uno de los eslóganes que escuchamos a diario en esta guerra silenciosa que hoy estamos viviendo.
La mayoría de nuestras generaciones no hemos pasado por una guerra atroz, con miles de muertos y confinamientos en casa. Pero los que hoy son más vulnerables a este virus, los más mayores, conocen de primera mano cómo eran esos confinamientos y los muertos sepultados en cementerios sin gente y apenas llorados. Como fue la guerra y como la postguerra. Aquellas eran otras guerras, más antiguas.
La guerra moderna como la que está sufriendo ahora el planeta es una guerra silenciosa, sin bombas ni disparos. El silencio aturde. Vemos a nuestros vecinos por las terrazas pero no podemos visitar a nuestras madres. El ejército patrulla las calles antes atestadas de coches. Vemos hombres vestidos de blanco  irreconocibles con mascarillas, desinfectando algo que nuestros ojos no son capaces de ver. El silencio , tras los días encerrados, también regresa poco a poco a nuestros hogares, sólo roto en aplausos con manos que ya duelen.
Es nuestra guerra, la nueva guerra mundial del siglo XXI, la que acabará con muchos miles de personas, pero la que, según los más optimistas, nos hará mejores a los que sobrevivamos.
Es nuestra guerra, la de todos, la del grito unánime de #yomequedoencasa para intentar pararla con las armas que poseo, mis pobres pero tan importantes armas. Por eso así, cuando acabe todo y pongamos un pie en la calle, sonreiremos y contaremos ya de mayores a nuestros nietos, que nosotros también luchamos en esa guerra.
Por eso, hoy lucho en esta batalla y #yomequedoencasa.

©Mario M. Relaño 2020

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El Adagio de Albinoni

>> domingo, 8 de marzo de 2020




No fue la mañana en la que, mientras caminaba, vi en la acera de enfrente a un chino arrascándose los testículos. No fue aquella mañana donde la chica chocó con el señor que descargaba leña de la furgoneta.  Cuando giré la cabeza, el chino no se arrascaba nada, tan solo buscaba las llaves en el bolsillo para poder entrar en casa. Y, siendo el señor el que se giró con la leña sin mirar, la chica fue quien se agachó a por la leña caída pidiendo en  reiteradas ocasiones perdón.
No, no fue aquella mañana sino la siguiente, cuando mientras planchaba puse en el ordenador el Adagio de Albinoni y, dejándome absorber por esa bella música creí ver como Hauser eyaculaba mientras tocaba el chelo. No, tampoco era cierto que eyaculara, aunque viendo aquella cara cualquiera hubiera pensado que yo veía porno mientras planchaba. O quizás de alguna manera sí eyaculaba de placer Hauser con aquella hermosa canción que él tenía la habilidad de hacer sonar en su chelo. Le miré fijamente y él sudando, movía la cabeza hacia los lados y acariciaba el instrumento. Era un precioso Adagio. Era el chelo de Hauser.
No fue aquella mañana. No eyaculaba. Tan solo él era un afortunado por poder interpretarla y yo por poder escucharla.

©Mario M. Relaño 2020

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Sinsentido

>> jueves, 25 de julio de 2019



No sólo de poemas vive el hombre, amigo, y lo sabes.
Aunque tengamos que sudar la camiseta
porque los números no nos cuadran como encajan las entrelineas,
aunque los jueves sean nuestros domingos
y después de estos no haya más anhelo.
Aunque el poema del día te lo repita en cada venta
porque las letras se entremezclan y no vislumbras mis sinsentidos
lo que permanece es la esencia
de lo soñado y lo pendiente de vivir
y que si es contigo
al menos
será tuyo, pero conmigo.

©Hisae 2019

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La tienda de ventiladores

>> jueves, 27 de junio de 2019



Este no fue un domingo cualquiera. Y aunque él siempre pensó que su vida no era interesante, seguramente que este día le marcaría durante mucho tiempo.
Amaneció como amanecen los domingos, con un silencio provocado por el descanso de muchos y las resacas de otros tantos. El cielo, azul rabioso, su preferido.
Su turno de trabajo, aunque era el día del señor y en casa se comía paella, era de tarde.
Pero a pesar de ello, él siempre se levantaba temprano, unas veces montaba en bicicleta, otras paseaba, otras no hacía nada y se creía el ser más aburrido del planeta. Pero siempre madrugaba por aquello de si se cumplía el refrán y dios le ayudaba.
Cuando salió aquel domingo de casa, después de ponerse una camiseta y tapar su tatto del hombro, las calles sí estaban puestas. Le habían mentido demasiadas veces al respecto. Aquel señor debía de madrugar mucho más que él para ponerlas.
Saltó una caca de perro y se dirigió hacia el parque. Apenas eran unas decenas de metros. Fue al llegar donde vio allí dormido sobre un banco a un indigente  y, al fijarse bien, descubrió que lucía un gran anillo de oro entre la roña que tenía en los dedos. Lo miró bien. Tremenda joya poseía ése quien fuera.
Además del pobre o rico señor, nada más había que le llamara la atención, por lo que decidió continuar calle arriba en plan paseo dominical.
El bar Costa Río estaba abierto temprano como cada domingo, con sus típicos churros mojados en chocolate que servían de siete a once.
A lo lejos, y en paralelo a donde estaba el bar, divisó un negocio nuevo que nunca había visto antes. "Se alquilaban ventiladores", leyó que anunciaban. El local era de nueva adquisición y estaban rematando por fuera.
El chaval que estaba sudando como si le fuera la vida en ello, saludó con la mano. Su sonrisa era llamativa. Atractiva. Le hubiera alquilado todos los ventiladores que tuviera en stock para que me sonriera de por vida.
La ofrecí un pañuelo para secarse la frente y él me ofreció beber agua fresca de un botijo.

- ¿Cómo lo llevas? -le pregunté.
- Abrasado por el sol y con carencia de abrazos -me hizo el juego de palabras con acento canario, aunque se intuía que él no era isleño.
- Ojalá mis brazos fueran los elegidos para tal menester - le seguí el juego.

Me explicó en qué consistía su negocio y yo le recité mi vida en forma de poema. Él me abrió las puertas de su tienda, yo le abrí de par en par en mi corazón.

No le vi nunca más, aunque apenas han pasado tres horas desde que me marché. Sólo espero que mi teléfono no se quede sin batería.

©Hisae 2019

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