La ciega

>> miércoles, 2 de diciembre de 2020

 

La muchacha ciega, de John Everett Millais

Le he visto la mirada. Dice que es ciega, pero no lo es. Es mala.


Cuando nadie la mira, suelta el bastón blanco y camina con largas zancadas.


Cuando te habla, su dulce vocecilla está envenenada. Todo es lovely, dice. Pero sé que no lo es.


Es mala. Y me odia. Me odia desde el día que su hija escupió y no recogí sus insultos. Me odia desde que sabe que sé que no es ciega. Me odia porque me ama, pero jamás penetraré su cuerpo corrupto y feo.


Hoy aprendió una nueva palabra: "bonito"· Pero es un feo vocablo cuando es ella quien lo pronuncia.


Ella dice que es ciega, pero no lo es. Es mala.


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>> domingo, 22 de noviembre de 2020

Gabriel Morcillo Raya

De  qué le sirvió aquel saludo vacío y muerto en el mismo instante de darlo


si su voz sonó apagada y ni me miró a los ojos al darlo.


No mostraba alma, tan solo un cuerpo hueco,


y sus pasos eran lentos y ligeros, como una aprendiz de bailarina


con mirada perdida entre las líneas y las hojas que salpicaban el suelo.


No habló más tras ese saludo inapreciable.



 

La primera vez que lo vi fue una noche de sábado,


apoyado contra un escaparate estallado tras los últimos tumultos.


Vestía una chupa de cuero negro,


miraba al cielo –si acaso es cierto que miraba-


y su calva se percibía increíblemente blanca mientras una gran vena le cruzaba la sien.


Cuando percibió mis pasos, me miró.


Nuestros ojos se encontraron,


me hizo un micro gesto con la cabeza y le seguí.


Con gran agilidad preparó dos rayas en una superficie lisa.


Yo esnifé primero. Él me acompañó.


Nos sentamos y permanecimos en silencio mucho tiempo,


quizás horas, con un momento donde asió mi mano.


 


Cuando hoy estuve con él de nuevo


y recordé su imagen tal y como la vi aquella noche.


Esta vez, en aquel cuarto de mala muerte,


y después de esnifar el polvo que me ofreció,


se desnudó completamente y se tumbó con los ojos abiertos.


Yo, sentado a su lado, le miré, le agarré la mano


y dormimos juntos.


©Hisae 2020


 

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Los perros

>> viernes, 13 de noviembre de 2020

Le llamaban hombre. Al menos así fue llamado hasta aquel mes de marzo de un año que ya nadie recordaba. Le llamaban hombre, no sabemos si quizás por andar erecto o por emitir unos sonidos que denominaban lenguaje. Pero eso fue antes. Ya nadie le llamaba así. Ahora caminaba por la calle en silencio con el bozal puesto en la boca, sólo en horario establecido. Mientras, nosotros le mirábamos y comentábamos lo triste que se le veía andar, sin hablar, sin fumar, sin ni siquiera mirar hacia adelante, más bien al contrario, hociqueaba el suelo para no encontrarse con su verdadera realidad. Nosotros los perros, jamás nos reímos de él, de ellos. Los papeles se habían intercambiado y ahora eran ellos los que debían salir con el bozal en la boca. Eso sí, el hombre tenía los bozales de diferentes colores. Pero al fin el humano no volvería a morder nunca más. ©Hisae

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Sin Título es el título

>> domingo, 8 de noviembre de 2020

La soledad, de Andrés Conde González

No respetabas el espacio que quedó entre nosotros y yo le di a los cuervos


el exceso  que querías para ti,


aunque te sobrara el tuyo propio,


como a los muertos les va sobrando el ataúd


según se descomponen sus cuerpos bajo la tierra.


El egoísmo te pudo siempre


y no soportaste verme, aquel día, otro día más,


abrazado a una felicidad menos efímera que la tú me ofreciste.


A pesar de ello,


a pesar del frío que pudiera sentir en enero


yo me resignaba a dejarte la ventana abierta


por si entre sueños me llamabas,


humillando nuevamente mi conciencia


y fallándole a mi honor.


No volviste, la ventana siguió intacta,


mi olvidó fue ganando a mis ganas


y un día desapareciste mientras yo vivía.

 



 

No fue hasta pasados unos años


cuando tu hermana llamó a mi puerta.


-Murió en abril -me comentó mirando al suelo


y entregándome una carta.


Abrí el sobre y sólo dos palabras me dejaste:


“Me arrepiento”.



 

Ya era tarde. Yo no lloré y tú quedaste sólo en tu tumba.


©Hisae 2020

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La furgoneta

>> miércoles, 21 de octubre de 2020

 

© berdsigns

No es fácil escribirte si obvias que te cuente,


si no extrañas las charlas -muy gratas- que tuvimos


donde me mostrarte los colores de tus cuadros,


donde te leí los colores de mis letras.


No es fácil describirte lo que siento si cierras el alma con candados


y la llave que escondiste ni tú encuentras,


y seguirás en tu solitaria vida, sin mí, sin nadie,


por negarte a probar aquello que no conoces.


 


Déjame al menos que te cuente aquello


que no tuvimos tiempo aquel día,


por tus prisas en marchar a tu jodida soledad


sin tratar al menos de escuchar si acaso hablaba.

 



No se trataba sólo de amor, no te engañes,


se trataba de algo más que te llenara el corazón,


te engañaste por temor


por si más tarde llorabas nuevamente en tu destierro.


No, no se trataba sólo de eso,


mis colores eran algo más,


trazos que dieran más luz a ambas vidas -la tuya y mía,


que te una vez por todas bajara el telón de nuestro oscuro teatro.


 


Da igual, nada te doy, nada me pediste.


Te mandaré las flores que plantaste cuando estas florezcan.


Me voy,


y cierra la puerta de tu furgoneta blanca


si acaso olvido yo cerrarla.


Pasaré si expones los colores de tus cuadros


y, ojalá, estén cargados de pigmentos vivos,


como vivo fue lo que por ti hoy he escrito.

 


©Hisae 2020



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Dolores de años

>> domingo, 27 de septiembre de 2020

Anciano, de Nacho Puerto

Lo dije cien veces, pero otras cien veces me tragué mis palabras. Mi dolor era mío, de nadie más, nadie por mí lo sentiría ni yo quería que lo hicieran. 
Que estaba solo lo sabía desde que nací. A mí alrededor pasó gente, unos sólo saludaron, la mayoría ni eso, alguno consiguió robarme un beso, pero toda aquella gente me dejó en el momento que sonaba la música en alguna otra parte. 
La ilusiones siempre las dejaba en la puerta y las recogía tan pronto salía por la mañana. Dos veces creí tocar el cielo y una me inventé un éxtasis. Pero al terminar el día, nuevamente, todo eso lo dejaba en la entrada para al menos poder dormir tranquilo.
La mañana siguiente era lo mismo que el día anterior, y la noche tan oscura como todas. 
Empecé a dejar una llave escondida debajo del felpudo pues así hacían en mis películas favoritas, pero sólo una persona se atrevió a cogerla, abrir la puerta y entrar. Durmió a mi lado tres noches, pero a la cuarta perdió la llave y nunca tocó el timbre para no despertarme. 
Ahora que me hice viejo, que mi cuerpo me recuerda constantemente los huesos que tengo, los músculos que antes no tenía atrofiados y que tengo colocadas mis pastillas por colores, ahora digo, me remontó a lo que pude tener y nunca tuve, a lo que quise pero nunca me atreví y cuando me atreví, me consolaron con un abrazo mientras lloraba por desear imposibles. 
Hoy que soy menos joven que ayer, escribo en silencio para contar a nadie lo que me duele. Mi dolor es mío, lo sé. No escribo para compartirlo, ni siquiera para quejarme. Escribo porque es lo único que me queda antes de renacer. 

©Hisae 2020

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Pandemia

>> domingo, 20 de septiembre de 2020

 

El Hijo del Hombre, René Magritte

La pandemia había durado demasiado, duró tanto que sólo recordaban el inicio de ésta escuchando los noticieros en cada conmemoración de la efeméride.

Aquella mañana iba a ser diferente. Al levantarse, todos los ciudadanos escucharon lo mismo: “el virus había sido derrotado”. No más distancia de seguridad. No más mascarillas. La vida volvería a la auténtica normalidad.

Pero para Daniel no fue un día de celebraciones. Al quitarse por fin la mascarilla de la cara y mirarse al espejo se dio cuenta realmente de cuánto había durado esta pandemia. Su rostro se había borrado totalmente. Ya no tenía cara, tan solo unos ojos que miraban atónitos. La sonrisa que le caracterizaba no estaba e incluso su color moreno estaba blanquecino.

No obstante, aquel día como todos, tenía que salir de casa para ir a trabajar. Y cuál fue su sorpresa al ver que todos aquellos que caminaban por la calle tampoco tenían rostro. Todos se miraban unos a otros. Nadie decía nada. La expresión de sus ojos –que no pudo ser borrada- lo decía todo.

En el noticiero de la noche lo aclararon. El verdadero virus había sido la mascarilla. Con el tiempo, ésta había conseguido comerse la cara de las personas. Ahora, se necesitarían más de dos años para conseguir la vacuna.

 ©Hisae

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