Ya casi es Navidad y el cielo resplandece como en el más despejado día de verano. A pesar de las gafas que me cubren los ojos, esta luz me termina dañando. El sol me duele tanto como me dolería la nieve si anduviese desnudo al amanecer por los prados del invierno. A este lado del calendario no hay tradiciones ni confabulaciones. Sólo silencio y luz, kilómetros y kilómetros de mar por navegar, y un saco pleno de nostalgias.
Dicen, que ya casi es Navidad. Las cosas parecen tan simples... Pero no lo son tanto. Tan sólo la estupidez de la sordera y la ceguera de los cerebros nos hacen verlas así.
Cuando se pone el sol, descubro el resultado de tanta estupidez. Ni siquiera se la llevó el alisio.
¿Inventaría el belén aquel que me apuntaba? ¿De dónde salieron esos sacos de polvos blancos congelados, para que imiten mis huellas en cada paso que doy o resbalen mis ilusiones? ¿Quién conoce la alegría que contagia el portal si aún me duelen los puñales que me clavaron antaño?
Vivo entre la farándula y los papeles de colores que envuelven mis regalos; tengo un árbol lleno de luces fundidas o monocolores, y debajo de éste, aparece el agua de la gotera de mis ojos.
No hablo de tristezas, ni penas ni glorias, ni malas ideas. Yo, como casi todos, tengo las jorobas cargadas de paquetes y más dientes que nunca para las sonrisas de mi boca. Pero escupo las flemas que a lo largo del año se me quedan pegadas a la garganta. Es parte de la enfermedad.
Dicen, que aquí nunca existió la Navidad. Por si acaso, te deseo MUCHA FELICIDAD.
Posiblemente, soñara una irrealidad. Lo cierto es que Gupo despertó mojado y nervioso aquella mañana. No atinaba a ponerse las gafas y escribir en su diario todas las palabras que su cabeza recordaba.
- ¿Qué podría hacer para recuperarte?
- ¿Acaso sientes que me has perdido?
- Sé que te estás yendo poco a poco.
- Sí, es verdad. Me fui perdiendo entre la bruma de la aurora que invento para ti.
- No sé que hacer. Me encuentro solo y pierdo tu estela… ¡Tengo miedo!
- Busca dentro de ti y sabrás que hacer. Allí está la respuesta.
- Sin ti no soy nada… pero apenas ya te huelo.
- Sin mí eres mucho… Y no estás solo. Mi olor se ha confundido con el salitre del mar; por eso ya no puedes olerme.
- … te vas…
- Estoy triste porque estás lejos. En el andén, oigo la última llamada para tomar el tren. No estás sentado en el banco de la estación.
- Me levanté para buscarte, porque te ibas… y me perdí entre la niebla.
- Sale el tren. Nunca te vi.
- Lloro porque te vas.
- Tal vez algún día tome de nuevo este tren y regrese, aunque no tengo la certeza que se detenga de nuevo aquí. ¿Por qué me dejaste ir? ¿Por qué dejaste que me perdiera en esa inventada distancia, en la neblina del mar, en los amaneceres, en las tazas de té compartidas, entre calles solitarias?
- Nunca dejé de adorarte. JAMÁS… pero sentí que no deseabas volver a escuchar poemas de mi boca.
- Siempre anhelé escucharte, tocarte, olerte, besarte, amarte… Ese ha sido mi mayor anhelo.
- No lo sentí así… pensé que me encontraste marchito, como aquella flor que sembramos y hoy muere…
- No, no fue así. Siempre fuiste una brillante luz para mí, capaz de iluminar cada rincón de mi día a día.
- Entonces, ¿por qué no te sentía?
- No lo sé. Tal vez te olvidaste de mí, dejaste que me robaran de tu lado.
- Sería un descuido.
- Te quiero tanto que no podría olvidarme de ti.
Gupo había nacido gordito, miope y con un agujero en su oreja izquierda. Siempre creyó que nadie le querría. Hoy, en su adolescencia, soñaba y soñaba con ese amor imaginado de una vieja fotografía.
Lluvia y melancolía se daban la mano aquella tarde, con vistas a la ciudad de un impronunciable nombre. Precisamente, había uno que me comentó que jamás saldría nuevamente el sol. Pero yo, que era muy inteligente, no le creí… La lluvia pararía si acaso se secaba el mar.
El laberinto, era un bello refugio para los días de soledades infinitas. Allí escondido, era capaz de leer tres libros seguidos sin mirar al cielo. Y si acaso en algún momento dejaba de llover, yo no era consciente, pues me perdía siempre entre los caminos inciertos del laberinto y las palabras en tinta negra que aparecían en las páginas.
Había bellotas entre las hierbas que cubrían el suelo. Más de una vez me hicieron resbalar, aunque tampoco perdí nunca mi tiempo en preguntar de donde habían salido.
¿Quién era yo? Era un hombre con cincuenta y algún años, apenas calvo, que hablaba del amor a solas, empleado de gasolinera y que leía poesía. Era una mezcla rara, decían. Pero yo, incluso en esta tarde de lluvia y melancolía, con un sol incierto en mi vida, era completamente feliz.
Recuerdo haber tenido un amigo. Ahora no retengo en mi memoria su nombre. Un día, no volví a saber de él. Quizás aún siga vivo. Si recuerdo sus ojos y su hermosa sonrisa. Nunca vi sonrisa más bella. Creo que durante el tiempo que duró su amistad, nunca desapareció el sol, pues todo tenía más brillo.
Había veces, que tenía que preguntar para saber en que mes estábamos. Para mí siempre era otoño, mi estación favorita. Yo nací en otoño. Eso no lo recuerdo, pero mi madre siempre se encargó de repetírmelo cuando era pequeño. En el paisaje de mi vida, siempre hubo hojas amarillas, mojadas y pisadas, mientras me dirigía hacia mi laberinto. Mi sentimiento estaba ligado al olor de las hojas mientras yo creía que todas las canciones hablaban de mí.
Así llegó mi etapa de adolescente, donde apareció la primera y única novia que tuve. Elena me regaló mi primer libro de poesía. Recuerdo que era de tapas verdes y duras, muy fino y de versos rimados. Yo apenas lo abría. Me gusta contemplar la fotografía de la portada. Y ella era la encargada de leerme los poemas.
Un día, Elena no vino a casa. Mi madre dijo que la olvidara, pues seguro que se había cansado de mí. Yo, triste, me refugiaba en el laberinto y colocaba su libro en mi bolsa. Siempre esperaba que regresara y siguiera recitándome poemas.
La tarde que comenzó a llover, encontré el lazo rosa de su vestido en el jardín, sobresaliendo de la tierra donde mi madre había plantado su último arbusto.
Desde el día que encontré el lazo de Elena, no ha dejado de llover. Creo que ya son unos treinta y pico años de lluvia y melancolía. De felicidad y humedad, leyendo libros en mi laberinto.
A veces me pregunto, si aquel amigo que tuve estará junto a Elena. También pienso, si algún día morirá mi madre.
La poesía, encontrada entre ramada, como tela de araña, pegada a mí e indeciso me acerco a recitarla, intentando crear gestos en mis labios que me expresen esos pensamientos opacos del poeta.
¡Oh, poesía! Indeleble trance para una vida rimada, sin dedos que palpar las letras tan bien bordadas. Pensamiento mío en conjunto con los suyos, que me hablan y le cuento, que nos ahogamos… Ese aire necesario para terminar la estrofa…
¡Oh, poesía azul de poeta muerto! Si llenaras de vida su cuerpo ya yermo donde antes hubo tanto amor… Muerto el poeta, vive el poema… Absurda vida que contempla pasar a los natos y desfallecen en cada muerte.
Quedas cual estrella en el alto firmamento, poema. Recitado décimo de estrofas cargadas de vida. No hay cielo que soporte tanta luz… mueres estrella fugaz.
¿Miedo dices? A esto no has de tenerle miedo. Tan sólo ha sido un cambio brusco de color en el cielo. Un cielo que amanecía claro, salpicado de humos de aviones confundidos con nubes y que de repente, una combinación imposible de azules oscuros cambian el panorama de la mañana.
No temas. Los ruidos de fondo no llegan a ser erupciones de ningún volcán. Son truenos lejanos que forman parte de este sucio cielo. Sube el volumen de la música; consigue que Barbra Streisand siga con el tono más alto de su voz.
Cierra la ventana, pero no corras las cortinas. Quiero ver como el viento mueve las ramas del árbol vecino y como me defrauda el cielo cambiado.
El silencio de la calle se incrementa. No sé si es la canción de Barbra Streisand, los truenos cada vez más cercanos, o que en cada uno de los paréntesis de estos, es cierto que nace el silencio. Me sobrecoge. Pero no, ¡NO ME DIGAS QUE TIENES MIEDO!
No te vayas, tan sólo es una tormenta.
Defínela como una paleta de colores oscuros y obras sin terminar de una ciudad, si acaso es que quieres quitar mi música y correr las cortinas.
¿No recuerdas ya nuestros veranos de antaño, cuando las tardes quedaban interrumpidas por las repentinas tormentas? Si, cierto que nunca hubo tal oscuridad, pero… ¡tenemos luz!
Mira el cielo. Ni un ápice de azul. Si acaso encontrara una sola estrella, creería que ha llegado la noche. Y a pesar de chocarme en cada esquina, aún sé que es temprano.
¡No!… No tengas miedo. ¡NO TENGAS MIEDO! Fue un trueno mayor que los anteriores, pero no significa nada.
Llueve, si acaso a esto podemos llamar lluvia. ¡Diluvia!
Siempre quise correr desnudo por la calle, bajo la lluvia. Siempre deseé lamer un cuerpo donde corriesen las gotas. Pero hoy la lluvia duele. El agua no consigue ser transparente con esa oscuridad absoluta del cielo. ¡Maldito cielo! ¡Este no es mi cielo!
¡Canta Barbra, canta bien fuerte! No dejes que esta tormenta nos asuste.
Ven, acércate a mí y agarrémonos. Túmbate a mi lado, y busca entre la oscuridad mi cuerpo. No tengas miedo, tan sólo es la tormenta la que te atormenta.
¡No! ¡No y mil veces no! Ese rayo que ilumina la estancia no conseguirá cambiarte el rostro. Hoy, más que nunca, quiero estar contigo.
Hoy, más que nunca, sé que tan sólo es una tormenta.
Cuando de primaveras se trataba, o del mar, o acaso de miradas de soslayo al cielo, me dabas la mano. Cuando los secretos se amontonaban en nuestros cotidianos días y ninguno de los dos llegó a encontrar la llave, me mirabas en silencio sabiendo que te entendía.
Si acaso te marchabas y yo me quedaba hasta el final del ocaso, pidiendo el deseo de una interminable noche –siempre a tu lado, regresabas.
Cuando unos lo llamaban debilidad y nosotros pensábamos que eso era ser feliz, entonces entendíamos que la sensibilidad era universal. El hombre era más hombre, nosotros éramos más hombres que aquellos que quemaban sus ratos entre gritos, suciedad y alcohol barato. Éramos más hombres –aprendimos-, porque habíamos logrado proyectar esos instantes diarios de felicidad, sin miedo a discernir entre diversos azules o el pánico a ahogar versos entre lágrimas.
¡Qué feliz siendo hombre!
Me invadió una especie de vértigo al saberme afortunado y compartirlo contigo. El saberme más hombre que aquellos que trataban de contaminar mi mundo.
Ahora, tú eras capaz de llorar, desnudo tu torso, en mi hombro. Sin dudar ni un instante de tu virilidad.
Nunca había soportado el peso de tener tanto que escribir y tan pocas palabras para hacerlo. Cual fusta, no me habían restregado el largo látigo tan dolorosamente por la espalda y a la vez tan placenteramente.
Jamás antes soñé tanto sin amar, ni había deseado matar un deseo por el placer que producía.
Nunca imaginé que un día con una noche de palabras fueran a ser alimento para el hombre. Y hoy siento un apetito voraz... Ya sé que la palabra alimenta y el hambre llega cuando hay silencio.
Tengo tanta necesidad de escribir como la que pueda sentir el cielo de la luna al caer la noche, o el cachorro de la madre ente el peligro. Urge prolongar las horas hasta agotarme, sin que existan relojes que callen. Deseo que nuevamente alguien me escuche y me diga que me conoce.
El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, Tatiana TÎBULEAC
Explicaciones de fronteras inexplicables, varios autores
Día, Michael CUNNINGHAM
Heredarás la tierra, Jane SMILEY
El viejo marino, Victor. M. BELLO
A Mario
Hay un hombre y hay una sombra. Es una sombra sin hombre, que escapa.
Hay una sombra y hay un hombre. Es un hombre sin sombra que busca sombra
en algún hombre.
Charlie a secas
Blog Plateado
Thiago escribió sobre mí al entregarme su premio:
Mi premio va dirigido a un poeta de verdad, no a un poetucho del tres al cuarto. Es que Mario, a pesar de luchar contra corriente, es un poeta grandioso inasequible al desaliento… Él sabe que corren malos tiempos para la poesía. Sin embargo, no por eso cede ni un milímetro en sus concesiones poéticas o blogueras. Mario, además, es un buen y viejo amigo, muy concienciado con la problemática de ese continente mártir que es África. Así que es un premio más que merecido, y por partida doble.
“Pensamientos” es un blog de poesía hecho, ni más y menos, de palabras. Atrévete tú también a pensar un poco, verás que no hace daño ni duele. Y que la poesía, puede ser cercana y directa, y llegarte al corazón y a la conciencia más fácilmente de lo que, en este caso, piensas.
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Charlie a Secas escribió sobre mí al otorgarme este premio: "Yo, cuando escucho la palabra poeta, se me aparece el individuo éste apoyado en una cornisa de ventana, acodado, observándolo todo y a todos. Éste blog ,”pensamientos”, es sólo la punta del iceberg de un gran hombre. Uno de los mejores." Le agradezco el trato de amistad que siempre recibí de él. El cariño, es recíproco.
Gracias Noray
Gracias Ángel
Gracias Jorge
Gracias Haldar
Gracias Pasión Íntima
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Tant qu´il y a un regard qui lève tes yeux un sourire qui te parle et t´appelle comme il peut. Tant qu´il y a un souffle qui t´effleure un geste qui te touche et son manque qui demeure.
L´amour a tous les droits et nous, tous les devoirs. L´amour a tous les droits et nous, tous les devoirs.
Tant qu´il y a une envie que l´on écoute un reste d´attention et quelqu´un dans la foule. Tant qu´on peut encore le ressentir Ne rien toucher à ça et vouloir y tenir.
L´amour a tous les droits et nous, tous les devoirs. L´amour a tous les droits et nous, tous les devoirs.
Tant qu´on peut se tenir encore un peu et donner soi pour l´autre, une épaule pour deux. Tant qu´on peut redonner de la lumière à une terre qui n´est plus qu´une parcelle d´enfer.
L´amour a tous les droits et nous, tous les devoirs. L´amour a tous les droits et nous, tous les devoirs.
Tant qu´il y a un regard qui lève tes yeux un sourire qui te parle et t´appelle comme il peut. Tant qu´il y a un souffle qui t´effleure un geste qui te touche et son manque qui demeure.
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