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| El llaüt, Rubén De Luis |
Iván era de aquellos de acudir
al mar casi a diario. Afortunadamente, el lugar donde vivía y su recién
estrenado trabajo se lo hacían fácil. Se vestía con su neopreno color azul oscuro
y, cargado en ocasiones con su botella de oxígeno y otras con una bombona para
más profundidad, se sumergía en el océano como si de un pez se tratara. Siempre
decía que tenía más amigos dentro del mar que en tierra. La mayoría de las
personas de su entorno le ignoraban; los pocos que no lo hacían pensaban que
era una persona tan solitaria que era incapaz de hacer amigos.
Tenía un pequeño bote de remos
y sin cubierta, heredado de su abuelo -pescador de oficio-, con el cual hacía
desplazamientos en distancias cortas, pero lo suficientemente largas como para alejarse
de la costa y explorar, en sus inmersiones, un mundo marino que le fascinaba.
En aquella primavera, un par
de meses antes de que llegaran los turistas de la época estival y molestaran a
toda la fauna marina, Iván se adentró con su pequeño bote mar adentro, tanto
que casi perdió de vista la línea de tierra que cortaba el océano. No era la
primera vez que lo hacía cuando buscaba encontrarse con delfines. Aquella
preciosa mañana de mayo, avistó enseguida, con emoción, una pareja de estos
animales que se dirigían hacia donde él se encontraba. Entonces se sumergió con
tranquilidad al agua, sin alejarse mucho de la barca, para intentar acercarse a
su lado y poder interactuar con ellos, como ya en alguna ocasión había podido
hacer.
Cuando los tuvo cerca, el mar
era solo un silencio azul: eran como dos sombras plateadas que se movían entre
los reflejos del sol. Se acercaron con
movimiento ágil, y el agua vibró con los sonidos que emitían. No eran palabras,
sino una serie de silbidos y chasquidos. Una especie de melodía alegre. Él no comprendió
aquellos sonidos, pero algo dentro de su pecho respondió, como si una parte de
sí reaccionara de forma instintiva. Los delfines nadaron a su alrededor
formando círculos de espuma, y tuvo la impresión de que lo estaban invitando a
acercarse.
Al tocar el lomo de ambos animales,
sintió que le pedían que los acompañase. Se sujetó como pudo y los tres
avanzaron con rapidez, alejándose de la costa. Después de unos minutos en la
superficie, se sumergió con ellos y pudo ver un mundo submarino que nunca antes
había conocido.
Durante el recorrido,
comprendió cómo los delfines se comunicaban, no sólo con sonidos, sino también
con movimientos y vibraciones que parecían recorrer todo el cuerpo. En ese
entorno, perdió la noción del tiempo. Entendió que en el mar sólo existía el
presente.
Y allí, mientras nadaba junto
a ellos, aprendió algo más: que se puede compartir un vínculo profundo sin
necesidad de poseer. Sintió que los delfines le transmitían, de algún modo, una
lección sobre el amor libre y la compañía sin dominio.
Una vez en casa, esa noche, al
cerrar los ojos, aún oía los delfines del océano. No eran voces del mar, sino
del alma: recordatorios de que amar también es aprender a fluir, a soltar, a
ser agua. Desde aquel día, los delfines se acercan al bote de Iván y juegan a
su alrededor. Algún pescador aseguró haberlo visto sumergirse sin equipo,
nadando entre ellos como si el mar le hubiera devuelto su verdadero hogar.
©Mario M. Relaño
Publicado en la revista NU2
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