Año Nuevo

>> jueves, 1 de enero de 2026

 

Año Nuevo, Henry Mosler

He empezado contigo el año
como podría haber sido cada mañana,
pensándote.
He terminado la noche
como son cada una de ellas,
exhausto.
Y es que nadie dijo que fuera fácil,
y yo sabía –por mi sabiduría-
que no lo era.
Pero a pesar de ello,
mirando tu fotografía
sé que estás cerca
y que nuestro nudo no se puede deshacer.
Y he empezado el año
como terminé el anterior,
pensándote.
Y es que pensarte me gusta,
casi tanto
como hacerlo a oscuras,
para recordarte.
Y es que todos me lo decían
que quien quiere sufre
y yo lo sabía –por mi sabiduría-.
Y he empezado el año,
nombrándote,
como hago cada día.

©Hisae 2026

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Tras las huellas

>> domingo, 14 de diciembre de 2025

 

El caminante sobre el mar de nubes, Caspar David Friedrich


Aidan, joven escocés de casi treinta años, aceptó un trabajo peculiar: cuidar del faro en una isla deshabitada del archipiélago de Shetland. Sabía que no sería una tarea agradable, sobre todo por la soledad y por el clima implacable de lluvias y viento característico de las islas del norte. Sin embargo, el sueldo lo compensaba con creces y, al fin y al cabo, era sólo por un año. Con el dinero ahorrado, podría permitirse después hacer grandes cosas.

 


Tras una semana en la pequeña isla, Aidan había recorrido cada rincón. Aunque el clima había sido sorprendentemente benigno, el paisaje empezó a parecerle monótono. No quedaban lugares nuevos por explorar y en muchos momentos del día, el aburrimiento lo vencía.

 


Una noche, ya en la segunda semana de su estancia en la isla, vio una luz en el agua desde la pequeña ventana del faro. No supo explicar qué era aquello y enseguida volvió a su lectura, olvidando el episodio.

 


Pero pasó que, noche tras noche, a la misma hora, la luz reaparecía. A veces más tenue, a veces parpadeante, como si fuera la respuesta a algo.

 


Una noche se animó a quedarse despierto más tarde de lo habitual, esperando ver si aquella aparición seguía un patrón. Cuando la vio de nuevo, no era una simple luz: parecía moverse, lenta y deliberadamente, describiendo círculos sobre la superficie del agua. Fue entonces cuando notó algo aún más inquietante: el silencio absoluto. No el silencio común de la isla, sino uno más denso, como si el mar contuviera la respiración.

 


A la mañana siguiente, bajó a la playa decidido a buscar alguna explicación racional: restos de un barco, alguna boya… No encontró nada. Pero sí encontró huellas. Huellas alargadas que no parecían humanas ni de ningún animal conocido. Eran simétricas, con membranas marcadas entre los dedos, como si se tratara de un anfibio gigante. La disposición era en línea recta, con un ritmo casi matemático… Lo más extraño era que no llegaban desde del mar, sino que quien fuera iba hacia él, como si hubiera salido del interior de la isla durante la noche para sumergirse en el agua.


Se agachó para tocar las huellas. Eran reales. Frías. Muy hundidas. Desvió la mirada hacia el océano y allí la mantuvo indefinidamente. Cuando volvió a mirar las huellas, ya no estaban. ¿Las había borrado alguna ola, la cual no le había mojado a él los pies… o nunca habían estado ahí?


Sintió entonces una presión suave en el tobillo, como si algo lo rozara bajo la arena mojada. Se giró bruscamente. Nada. Sólo agua y espuma.


Pero al incorporarse, lo notó: las huellas ahora estaban detrás de él.


Y esta vez… eran suyas.


Pensó que la soledad le hacía ver alucinaciones. Quizá las huellas no eran físicas, sino marcas en su conciencia. Aunque cada vez se decantaba por algo sobrenatural o imposible que mantenía las huellas visibles pese al mar. Quizá el aislamiento lo arrastrara a pensar que esas huellas eran las suyas propias, proyectadas desde otro tiempo.


Se inclinó una vez más sobre la arena, convencido de que al rozar aquellas huellas se desharían como todo lo demás que la marea reclamaba. Pero permanecieron allí, intactas, luminosas bajo la luna, como si desafiaran al propio mar. Y, al levantar la vista, volvió a ver aquella luz tenue que había vislumbrado durante varias noches, flotando en la distancia sobre las olas, como un faro imposible que parecía señalarlo. Entonces comprendió que no importaba si eran recuerdos, delirios o señales de otra realidad: aquellas pisadas lo reclamaban a él.


Y mientras el oleaje seguía borrando el mundo a su alrededor, supo que lo único imborrable era aquello que lo perseguía desde dentro.

 



Mario M. Relaño


Publicado en NU2


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Sin rastro

>> sábado, 13 de diciembre de 2025

 

La huida, Remedios Varo

Son promesas vanas aunque sus ojos me indiquen que las crea y siga acarreando sueños que jamás cumplirá. Pero vivo de eso, estúpido yo, de sueños irrealizables que enmarco en lienzos mientras los demás se mofan a mi espalda. Y los ignoro, y contemplo esos lienzos, porque  vivo en sus sueños con promesas vanas y, es de tal intensidad que, aunque sé que despertaré algún día, los quiero seguir teniendo como único vicio en la vida.


Y le miro de nuevo a la cara, para creerme sus palabras, aunque cuando salga por la puerta sabré que se marchará nuevamente. Y se fue. Y le extrañaré. ¡Vaya si le extrañaré! Y por un tiempo seguiré viviendo de sus restos, hasta que se acaben.


Y llegará un día que habrá muerto y yo no lo sabré, porque para mí desapareció hace mucho tiempo.


¡Y qué recuerdos me deja! ¡Y cuánto le quise! No le pondré nunca flores en su tumba. ¡Y qué poco le extraño ahora!


Es el tiempo el encargado de borrarlo todo porque así lo quiso. Aunque aún, en ocasiones, miro su fotografía.


©Hisae


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Mala mirada

>> sábado, 6 de diciembre de 2025

 

El Ángel Caído, Alexandre Cabanel
 

No te ofendas de la mirada de mi ojo. Nunca sanó desde el instante que miró a la persona equivocada. Desde entonces desconfía de lo desconocido, aunque quieran ganarle con la sonrisa y le extiendan la mano. Mi ojo es casi tan ciego como yo, y solo confiamos si la mano nos agarra con fuerza para llevarnos a lugar seguro.

No soporto las larga esperas, ni que hables sin decir, ni que ignores mi delicado estado. No me digas que desvíe la mirada si lo que hago es mirarte de soslayo para no acentuar mi penar si acaso huyes.
 
Piensa qué, sin maldad, es mi ojo insano.

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Carta a mi madre

>> sábado, 13 de septiembre de 2025

 

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Mis novelas favoritas

 

Retrato de Fernando Pessoa, Almada Negreiros

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La pérdida

>> domingo, 22 de junio de 2025

 


La despedida Pushkin al mar, Ivan Konstantinovich

Se metió en el agua oscura y estaba tan gélida que no recordaba si era que la noche era fría o que realmente el agua estaba inesperadamente helada. Se puso a nadar hacia adentro. No estaba seguro de por qué nadaba, si quería alejarse lo máximo posible de la costa o tal vez volverse tan oscuro como la noche y el agua. Lo que sí sabía era que necesitaba conocer qué se sentía dentro del mar. Quería saber qué sentiría Hugo cuando al día siguiente esparcieran sus cenizas para siempre en el océano.


No deseaba volver a sentir calor y luz si él no iba a sentirlos también en su eternidad. No había podido ni querido hablar con nadie desde que murió, creía no necesitarlo. Odia los abrazos vanos y besos vacíos que todos pretenden dar en esos momentos; frases sin sentido como que no llore por lo que se acabó si no que se quede con lo vivido, o cualquier otra patochada como esa. No soporta sus muestras de amor y pesar. No les odia a ellos, odia a quien un día decidió que esto es lo que había que hacer cuando una persona sufre una pérdida.


Nadaba bajo el agua del mar, a través de la oscura frialdad hacia una negrura y un dolor aún mayor, y parecía que no avanzaba. Tan sólo movía los brazos como si quisiera escapar de todo lo que llevaba viviendo en estos meses de enfermedad, muerte y ahora ausencia. Sus manos trataban de ser remos que le llevaran lejos, sus pies pateaban el agua que no tenía la culpa de su rabia y su angustia. Por un momento, miró hacia arriba para contemplar el reflejo de las estrellas en el agua. Quería que ellas nadaran a su lado por un rato o escaparan juntos. Pero era noche oscura, demasiado nublada para que el cielo sin luna le mostrase alguna de las estrellas en exclusiva para él.


Siguió nadando hacia adentro hasta que los calambres le fueron agarrotando las piernas por el frío del agua. Descansó y respiró. Se dejó arrastrar por la corriente que le llevó de nuevo a la orilla y lo abandonó en una arena más mojada aún que la ola que se retiraba.


Se llevó un gran susto al abrir los ojos horas después, cuando el sol llevaba ya rato alumbrando. Unos ojos le miraban, como si de un animal marino se tratara, vulnerando su privacidad. Se incorporó como un resorte y quien le observaba no era más que un niño, mirando asustado al ver a su tío mojado, lleno de arena y algas por todo su cuerpo. El niño no le habló pero él le abrazó sin decir tampoco palabra alguna, simplemente para que entendiera que todo estaba bien. Lo tomó de la mano y se dirigieron a casa.


Horas más tardes, familia y amigos reunidos en el mismo lugar donde él había despertado, daban el último adiós a Hugo, entre sollozos y, sobre todo, silencios. Su amor descansaba ya en el mar impasible, frío y oscuro, sabiendo todos que era en él donde quería dormir eternamente.


©Mario M. Relaño
Publicado en la revista nu2

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