Tras las huellas

>> domingo, 14 de diciembre de 2025

 

El caminante sobre el mar de nubes, Caspar David Friedrich


Aidan, joven escocés de casi treinta años, aceptó un trabajo peculiar: cuidar del faro en una isla deshabitada del archipiélago de Shetland. Sabía que no sería una tarea agradable, sobre todo por la soledad y por el clima implacable de lluvias y viento característico de las islas del norte. Sin embargo, el sueldo lo compensaba con creces y, al fin y al cabo, era sólo por un año. Con el dinero ahorrado, podría permitirse después hacer grandes cosas.

 


Tras una semana en la pequeña isla, Aidan había recorrido cada rincón. Aunque el clima había sido sorprendentemente benigno, el paisaje empezó a parecerle monótono. No quedaban lugares nuevos por explorar y en muchos momentos del día, el aburrimiento lo vencía.

 


Una noche, ya en la segunda semana de su estancia en la isla, vio una luz en el agua desde la pequeña ventana del faro. No supo explicar qué era aquello y enseguida volvió a su lectura, olvidando el episodio.

 


Pero pasó que, noche tras noche, a la misma hora, la luz reaparecía. A veces más tenue, a veces parpadeante, como si fuera la respuesta a algo.

 


Una noche se animó a quedarse despierto más tarde de lo habitual, esperando ver si aquella aparición seguía un patrón. Cuando la vio de nuevo, no era una simple luz: parecía moverse, lenta y deliberadamente, describiendo círculos sobre la superficie del agua. Fue entonces cuando notó algo aún más inquietante: el silencio absoluto. No el silencio común de la isla, sino uno más denso, como si el mar contuviera la respiración.

 


A la mañana siguiente, bajó a la playa decidido a buscar alguna explicación racional: restos de un barco, alguna boya… No encontró nada. Pero sí encontró huellas. Huellas alargadas que no parecían humanas ni de ningún animal conocido. Eran simétricas, con membranas marcadas entre los dedos, como si se tratara de un anfibio gigante. La disposición era en línea recta, con un ritmo casi matemático… Lo más extraño era que no llegaban desde del mar, sino que quien fuera iba hacia él, como si hubiera salido del interior de la isla durante la noche para sumergirse en el agua.


Se agachó para tocar las huellas. Eran reales. Frías. Muy hundidas. Desvió la mirada hacia el océano y allí la mantuvo indefinidamente. Cuando volvió a mirar las huellas, ya no estaban. ¿Las había borrado alguna ola, la cual no le había mojado a él los pies… o nunca habían estado ahí?


Sintió entonces una presión suave en el tobillo, como si algo lo rozara bajo la arena mojada. Se giró bruscamente. Nada. Sólo agua y espuma.


Pero al incorporarse, lo notó: las huellas ahora estaban detrás de él.


Y esta vez… eran suyas.


Pensó que la soledad le hacía ver alucinaciones. Quizá las huellas no eran físicas, sino marcas en su conciencia. Aunque cada vez se decantaba por algo sobrenatural o imposible que mantenía las huellas visibles pese al mar. Quizá el aislamiento lo arrastrara a pensar que esas huellas eran las suyas propias, proyectadas desde otro tiempo.


Se inclinó una vez más sobre la arena, convencido de que al rozar aquellas huellas se desharían como todo lo demás que la marea reclamaba. Pero permanecieron allí, intactas, luminosas bajo la luna, como si desafiaran al propio mar. Y, al levantar la vista, volvió a ver aquella luz tenue que había vislumbrado durante varias noches, flotando en la distancia sobre las olas, como un faro imposible que parecía señalarlo. Entonces comprendió que no importaba si eran recuerdos, delirios o señales de otra realidad: aquellas pisadas lo reclamaban a él.


Y mientras el oleaje seguía borrando el mundo a su alrededor, supo que lo único imborrable era aquello que lo perseguía desde dentro.

 



Mario M. Relaño


Publicado en NU2


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Sin rastro

>> sábado, 13 de diciembre de 2025

 

La huida, Remedios Varo

Son promesas vanas aunque sus ojos me indiquen que las crea y siga acarreando sueños que jamás cumplirá. Pero vivo de eso, estúpido yo, de sueños irrealizables que enmarco en lienzos mientras los demás se mofan a mi espalda. Y los ignoro, y contemplo esos lienzos, porque  vivo en sus sueños con promesas vanas y, es de tal intensidad que, aunque sé que despertaré algún día, los quiero seguir teniendo como único vicio en la vida.


Y le miro de nuevo a la cara, para creerme sus palabras, aunque cuando salga por la puerta sabré que se marchará nuevamente. Y se fue. Y le extrañaré. ¡Vaya si le extrañaré! Y por un tiempo seguiré viviendo de sus restos, hasta que se acaben.


Y llegará un día que habrá muerto y yo no lo sabré, porque para mí desapareció hace mucho tiempo.


¡Y qué recuerdos me deja! ¡Y cuánto le quise! No le pondré nunca flores en su tumba. ¡Y qué poco le extraño ahora!


Es el tiempo el encargado de borrarlo todo porque así lo quiso. Aunque aún, en ocasiones, miro su fotografía.


©Hisae


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Mala mirada

>> sábado, 6 de diciembre de 2025

 

El Ángel Caído, Alexandre Cabanel
 

No te ofendas de la mirada de mi ojo. Nunca sanó desde el instante que miró a la persona equivocada. Desde entonces desconfía de lo desconocido, aunque quieran ganarle con la sonrisa y le extiendan la mano. Mi ojo es casi tan ciego como yo, y solo confiamos si la mano nos agarra con fuerza para llevarnos a lugar seguro.

No soporto las larga esperas, ni que hables sin decir, ni que ignores mi delicado estado. No me digas que desvíe la mirada si lo que hago es mirarte de soslayo para no acentuar mi penar si acaso huyes.
 
Piensa qué, sin maldad, es mi ojo insano.

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