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| El caminante sobre el mar de nubes, Caspar David Friedrich |
Aidan, joven escocés de casi treinta
años, aceptó un trabajo peculiar: cuidar del faro en una isla deshabitada del
archipiélago de Shetland. Sabía que no sería una tarea agradable, sobre todo por
la soledad y por el clima implacable de lluvias y viento característico de las
islas del norte. Sin embargo, el sueldo lo compensaba con creces y, al fin y al
cabo, era sólo por un año. Con el dinero ahorrado, podría permitirse después hacer
grandes cosas.
Tras una semana en la pequeña isla,
Aidan había recorrido cada rincón. Aunque el clima había sido sorprendentemente
benigno, el paisaje empezó a parecerle monótono. No quedaban lugares nuevos por
explorar y en muchos momentos del día, el aburrimiento lo vencía.
Una noche, ya en la segunda
semana de su estancia en la isla, vio una luz en el agua desde la pequeña
ventana del faro. No supo explicar qué era aquello y enseguida volvió a su
lectura, olvidando el episodio.
Pero pasó que, noche tras
noche, a la misma hora, la luz reaparecía. A veces más tenue, a veces
parpadeante, como si fuera la respuesta a algo.
Una noche se animó a quedarse
despierto más tarde de lo habitual, esperando ver si aquella aparición seguía
un patrón. Cuando la vio de nuevo, no era una simple luz: parecía moverse,
lenta y deliberadamente, describiendo círculos sobre la superficie del agua.
Fue entonces cuando notó algo aún más inquietante: el silencio absoluto. No el
silencio común de la isla, sino uno más denso, como si el mar contuviera la respiración.
A la mañana siguiente, bajó a
la playa decidido a buscar alguna explicación racional: restos de un barco,
alguna boya… No encontró nada. Pero sí encontró huellas. Huellas alargadas que
no parecían humanas ni de ningún animal conocido. Eran simétricas, con
membranas marcadas entre los dedos, como si se tratara de un anfibio gigante.
La disposición era en línea recta, con un ritmo casi matemático… Lo más extraño
era que no llegaban desde del mar, sino que quien fuera iba hacia él, como si hubiera
salido del interior de la isla durante la noche para sumergirse en el agua.
Se agachó para tocar las
huellas. Eran reales. Frías. Muy hundidas. Desvió la mirada hacia el océano y
allí la mantuvo indefinidamente. Cuando volvió a mirar las huellas, ya no
estaban. ¿Las había borrado alguna ola, la cual no le había mojado a él los
pies… o nunca habían estado ahí?
Sintió entonces una presión
suave en el tobillo, como si algo lo rozara bajo la arena mojada. Se giró
bruscamente. Nada. Sólo agua y espuma.
Pero al incorporarse, lo notó:
las huellas ahora estaban detrás de él.
Y esta vez… eran suyas.
Pensó que la soledad le hacía
ver alucinaciones. Quizá las huellas no eran físicas, sino marcas en su
conciencia. Aunque cada vez se decantaba por algo sobrenatural o imposible que
mantenía las huellas visibles pese al mar. Quizá el aislamiento lo arrastrara a
pensar que esas huellas eran las suyas propias, proyectadas desde otro tiempo.
Se inclinó una vez más sobre
la arena, convencido de que al rozar aquellas huellas se desharían como todo lo
demás que la marea reclamaba. Pero permanecieron allí, intactas, luminosas bajo
la luna, como si desafiaran al propio mar. Y, al levantar la vista, volvió a
ver aquella luz tenue que había vislumbrado durante varias noches, flotando en
la distancia sobre las olas, como un faro imposible que parecía señalarlo.
Entonces comprendió que no importaba si eran recuerdos, delirios o señales de
otra realidad: aquellas pisadas lo reclamaban a él.
Y mientras el oleaje seguía
borrando el mundo a su alrededor, supo que lo único imborrable era aquello que
lo perseguía desde dentro.
Mario M. Relaño
Publicado en NU2
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