Era cosa entre buenos y malos

>> domingo, 18 de enero de 2026

The Good and Evil Angels, William Blake

 

Fuera todo continuaba a oscuras. Era una de estas noches de invierno remisas a morir, que se resisten a dejar que el sol caliente los cristales que aún rezuman humedad. A lo lejos, apenas distinguí a través de mi ventana las tres banderas, presas de sus mástiles, que oscilaban levemente.
No era mi casa. Era el cuartel donde nos tenían presos a los que éramos demasiado buenos. Y yo lo era -¡vaya si lo era!-, aunque nunca presumí de ello. Pero los malos eran así: no nos querían cerca para que su perversidad se expandiera por las calles que ellos habían decidido hacer suyas. Mientras tanto, aislado, yo pensaba en la suerte que tenía de seguir respirando y en que me importaba una mierda su secuestro. Tal fin y al cabo, mi vida jamás fue muy luminosa; por eso, me bastaba con mirar banderas oscilantes y oscuridades.
©Hisae 2026

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Tras la Navidad

>> sábado, 17 de enero de 2026

 

La Navidad, Salvador Dalí


Los meses pasaban tras la Navidad. Ella mantenía las luces de colores parpadeantes rodeando la barandilla de la terraza; siempre había sido una enamorada de esa festividad. Es cierto que sus vecinos se reían y la criticaban a sus espaldas -¡cómo era posible que tuviera las luces de Navidad en pleno mes mayo!-. Pero si ellos la criticaban más se reía ella de todos, pues no sabían que, bajo el toldo del patio, cuatro flamantes Papá Noeles colgaban para su propio deleite.
 
Un día, la vecina más anciana del barrio comentó con otra su extrañeza porque, desde hacía semanas, no la oía gritar ni se veía movimiento en la casa, a pesar del parpadeo nocturno de las luces. Ambas escrutaron a través de los barrotes de la verja del patio y vieron las persianas completamente cerradas. Una de ellas no pudo evitar una carcajada al descubrir a los Papá Noeles colgando. La otra, más seria, le comentó que aquello olía a misterio.
 
Finalmente, tras mucho deliberar entre las vecinas que habían acudido al encuentro, decidieron llamar a las fuerzas del orden para que alguien entrara en la casa y comprobara si había ocurrido algo.
Dos bomberos, con cuerpos atléticos y barba perfilada llegaron enseguida. Tras tocar el timbre en un par de ocasiones, forzaron la puerta y entraron con cautela. Las vecinas, queriendo ser partícipes de todo aquello, hicieron un conato de entrar tras ellos; pero la gran mano del bombero mayor rango se posó sobre el hombro de la primera, obligándola a ella y al resto a retroceder hasta la acera.
Un fuerte olor nauseabundo emanaba del interior. No se oía nada. Martina, la adolescente más rebelde del barrio, consiguió asomarse. Allí, tendido sobre la alfombra, yacía el cuerpo sin vida de Adela. En su frente asomaba, clavada, una estrella caída, aparentemente, del gran árbol de Navidad que aún permanecía encendido en el salón.


 

©Hisae 2026


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Año Nuevo

>> jueves, 1 de enero de 2026

 

Año Nuevo, Henry Mosler

He empezado contigo el año
como podría haber sido cada mañana,
pensándote.
He terminado la noche
como son cada una de ellas,
exhausto.
Y es que nadie dijo que fuera fácil,
y yo sabía –por mi sabiduría-
que no lo era.
Pero a pesar de ello,
mirando tu fotografía
sé que estás cerca
y que nuestro nudo no se puede deshacer.
Y he empezado el año
como terminé el anterior,
pensándote.
Y es que pensarte me gusta,
casi tanto
como hacerlo a oscuras,
para recordarte.
Y es que todos me lo decían
que quien quiere sufre
y yo lo sabía –por mi sabiduría-.
Y he empezado el año,
nombrándote,
como hago cada día.

©Hisae 2026

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Tras las huellas

>> domingo, 14 de diciembre de 2025

 

El caminante sobre el mar de nubes, Caspar David Friedrich


Aidan, joven escocés de casi treinta años, aceptó un trabajo peculiar: cuidar del faro en una isla deshabitada del archipiélago de Shetland. Sabía que no sería una tarea agradable, sobre todo por la soledad y por el clima implacable de lluvias y viento característico de las islas del norte. Sin embargo, el sueldo lo compensaba con creces y, al fin y al cabo, era sólo por un año. Con el dinero ahorrado, podría permitirse después hacer grandes cosas.

 


Tras una semana en la pequeña isla, Aidan había recorrido cada rincón. Aunque el clima había sido sorprendentemente benigno, el paisaje empezó a parecerle monótono. No quedaban lugares nuevos por explorar y en muchos momentos del día, el aburrimiento lo vencía.

 


Una noche, ya en la segunda semana de su estancia en la isla, vio una luz en el agua desde la pequeña ventana del faro. No supo explicar qué era aquello y enseguida volvió a su lectura, olvidando el episodio.

 


Pero pasó que, noche tras noche, a la misma hora, la luz reaparecía. A veces más tenue, a veces parpadeante, como si fuera la respuesta a algo.

 


Una noche se animó a quedarse despierto más tarde de lo habitual, esperando ver si aquella aparición seguía un patrón. Cuando la vio de nuevo, no era una simple luz: parecía moverse, lenta y deliberadamente, describiendo círculos sobre la superficie del agua. Fue entonces cuando notó algo aún más inquietante: el silencio absoluto. No el silencio común de la isla, sino uno más denso, como si el mar contuviera la respiración.

 


A la mañana siguiente, bajó a la playa decidido a buscar alguna explicación racional: restos de un barco, alguna boya… No encontró nada. Pero sí encontró huellas. Huellas alargadas que no parecían humanas ni de ningún animal conocido. Eran simétricas, con membranas marcadas entre los dedos, como si se tratara de un anfibio gigante. La disposición era en línea recta, con un ritmo casi matemático… Lo más extraño era que no llegaban desde del mar, sino que quien fuera iba hacia él, como si hubiera salido del interior de la isla durante la noche para sumergirse en el agua.


Se agachó para tocar las huellas. Eran reales. Frías. Muy hundidas. Desvió la mirada hacia el océano y allí la mantuvo indefinidamente. Cuando volvió a mirar las huellas, ya no estaban. ¿Las había borrado alguna ola, la cual no le había mojado a él los pies… o nunca habían estado ahí?


Sintió entonces una presión suave en el tobillo, como si algo lo rozara bajo la arena mojada. Se giró bruscamente. Nada. Sólo agua y espuma.


Pero al incorporarse, lo notó: las huellas ahora estaban detrás de él.


Y esta vez… eran suyas.


Pensó que la soledad le hacía ver alucinaciones. Quizá las huellas no eran físicas, sino marcas en su conciencia. Aunque cada vez se decantaba por algo sobrenatural o imposible que mantenía las huellas visibles pese al mar. Quizá el aislamiento lo arrastrara a pensar que esas huellas eran las suyas propias, proyectadas desde otro tiempo.


Se inclinó una vez más sobre la arena, convencido de que al rozar aquellas huellas se desharían como todo lo demás que la marea reclamaba. Pero permanecieron allí, intactas, luminosas bajo la luna, como si desafiaran al propio mar. Y, al levantar la vista, volvió a ver aquella luz tenue que había vislumbrado durante varias noches, flotando en la distancia sobre las olas, como un faro imposible que parecía señalarlo. Entonces comprendió que no importaba si eran recuerdos, delirios o señales de otra realidad: aquellas pisadas lo reclamaban a él.


Y mientras el oleaje seguía borrando el mundo a su alrededor, supo que lo único imborrable era aquello que lo perseguía desde dentro.

 



Mario M. Relaño


Publicado en NU2


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Sin rastro

>> sábado, 13 de diciembre de 2025

 

La huida, Remedios Varo

Son promesas vanas aunque sus ojos me indiquen que las crea y siga acarreando sueños que jamás cumplirá. Pero vivo de eso, estúpido yo, de sueños irrealizables que enmarco en lienzos mientras los demás se mofan a mi espalda. Y los ignoro, y contemplo esos lienzos, porque  vivo en sus sueños con promesas vanas y, es de tal intensidad que, aunque sé que despertaré algún día, los quiero seguir teniendo como único vicio en la vida.


Y le miro de nuevo a la cara, para creerme sus palabras, aunque cuando salga por la puerta sabré que se marchará nuevamente. Y se fue. Y le extrañaré. ¡Vaya si le extrañaré! Y por un tiempo seguiré viviendo de sus restos, hasta que se acaben.


Y llegará un día que habrá muerto y yo no lo sabré, porque para mí desapareció hace mucho tiempo.


¡Y qué recuerdos me deja! ¡Y cuánto le quise! No le pondré nunca flores en su tumba. ¡Y qué poco le extraño ahora!


Es el tiempo el encargado de borrarlo todo porque así lo quiso. Aunque aún, en ocasiones, miro su fotografía.


©Hisae


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Mala mirada

>> sábado, 6 de diciembre de 2025

 

El Ángel Caído, Alexandre Cabanel
 

No te ofendas de la mirada de mi ojo. Nunca sanó desde el instante que miró a la persona equivocada. Desde entonces desconfía de lo desconocido, aunque quieran ganarle con la sonrisa y le extiendan la mano. Mi ojo es casi tan ciego como yo, y solo confiamos si la mano nos agarra con fuerza para llevarnos a lugar seguro.

No soporto las larga esperas, ni que hables sin decir, ni que ignores mi delicado estado. No me digas que desvíe la mirada si lo que hago es mirarte de soslayo para no acentuar mi penar si acaso huyes.
 
Piensa qué, sin maldad, es mi ojo insano.

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Carta a mi madre

>> sábado, 13 de septiembre de 2025

 

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