La noticia

>> jueves, 18 de marzo de 2021


 Permanecía de pie tal y como se encontraba cuando él empezó con su verborrea.


No hizo mención de sentarse, ni siquiera de estremecerse, a pesar de que le confirmó lo que ella llevaba tanto tiempo sospechando. Le miraba directamente a los ojos, no pestañeó en ningún momento.


Cuando terminó el fastidioso anuncio, el silencio impregnó la habitación. Sólo se escuchaba el quejido de un gato maullando que debía estar en celo, pues la ventana seguía abierta desde la mañana.


Ella dio unos pasos, cerró la ventana para no escuchar al fastidioso minino y dirigiéndose  hasta el fregadero  abrió el grifo para continuar fregando los pocos platos que había del desayuno.


Él, desconcertado por su silencio, le preguntó qué opinaba. Ella no opinaba, le dijo.


Abrió la puerta con mención de marcharse, pero ella se acercó por la espalda agarrándole el cinturón del pantalón. Al girarse sobresaltado, le clavó un cuchillo de cocina en la barriga, una, dos, tres veces... Él permanecía con los ojos muy abiertos y, cuando al fin un hilo de sangre salió por la comisura de sus labios, cayó al suelo en medio de un gran charco rojo.


Ella, se lavó las manos y siguió fregando.

 


©Hisae

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La adolescente

>> domingo, 31 de enero de 2021

 

La bella Betty, Albert Lynch

Igual podía ser con las primeras luces de la mañana que con las últimas del día. Ambas eran sus preferidas. No sólo por el color del cielo, entre rosas y naranjas, sino también por el silencio que envolvía todo con el nacimiento o la muerte del día. Ella, una chica demasiado joven con un embarazo que no se intuía, paseaba descalza por la trasera de su casa. Él, que se enamoró de ella tan sólo con ver como sus pasos le recordaban a un ángel, la observaba cada día, excepto los miércoles que tenía que acompañar a su hijo menor a clases de piano. Cuando la miraba, se convertía en sonámbulo por unas horas. Ella, canturreando, se hacía círculos en su barriga imaginando que aún estaba escribiendo en la pizarra de la clase.



Un día, mientras paseaba, gritó y se arrodilló en el suelo con la cabeza gacha, rozando su flequillo la hierba tierna. Él se sobresaltó y corrió desde el otro lado hacia donde la chica se encontraba. Llorando, no levantó la cabeza en ningún momento; un hilillo fino de sangre le corría por la pierna. Él no entendió nada, aún así la abrazó. Ella se dejó hacer. No hablaron. Hay palabras que no necesitan ser dichas.


©Hisae

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El último aliento

>> miércoles, 27 de enero de 2021

 

La muerte de Marat , Jacques-Louis David

Nada cambia, realmente. Todo continua igual a pesar de que el tiempo siga corriendo en contra  de uno y veamos la negra meta ya muy cerca. Nada cambia, y lo sabes. Y nada cambiará cuando tú ya no estés y los billetes de diferentes colores sigan moviéndose de mano en mano, sin saberse que tus huellas quedaron marcadas en alguno de ellos para siempre. Porque tú también fuiste mercader que cambiaba placeres por dinero y que más tarde gastabas ese dinero por placeres. En eso consiste la vida -me comentabas entonces. Y sólo cuando el deseo consiguió abrir mi caja fuerte fue cuando entendí tus palabras.



Desde entonces nos hicimos inseparables, aunque tú siempre fuiste jefe o acaso hermano mayor, el que me instruía y me aconsejaba e incluso me defendiste en aquella noche cuando el humo del local me cegó los ojos. Yo no bebía, sólo observaba. Pero alguien interpretó mi mirada erróneamente. Nunca hablamos de aquello, aunque estoy casi seguro que no terminaste de creerme y me reprochabas tener dos ojos en lugar de ser ciego.



Nada cambia ni cambiará para el resto. Sólo yo extrañaré tu sombra que me acompañó a cada paso y los roces de manos cuando en el cuarto que compartimos contábamos las ganancias. El resto, los cuerpos que dejaste en la orilla y los que aún vivos continuaron, jamás volverán a pensar en ti. Porque tú eras para ti mismo, pero nada para el resto.



Sentado al borde de tu cama escucho como tu respiración es intensa a la par que lenta. Más lenta según gira el segundero sus ciento ochenta grados. Algún suspiro escapa por tu boca y yo acerco mi oído mientras miro moverse tus labios, por si acaso me das las últimas instrucciones o quizás me confiesas lo que siempre callaste. Pero tengo miedo que llegue tu último aliento y no llegues a pronunciar mi nombre. Tengo miedo a que te vayas y que me dejes solo. Tengo pavor a no saber cómo malgastar lo que escondes y como hacer que mi deseo regrese si acaso con el llanto lo pierdo. Tengo miedo y es por ello que te dejo solo. No quiero estar presente cuando todo termine. Al menos me iré con mi propia certeza de tu inmortalidad.

 


©Hisae

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Filomena

>> lunes, 11 de enero de 2021

 

Filomena Carrizosa Sarmiento - Anónimo

Ella era enorme y ocupada cada todo el sitio de nuestra pequeña cama. Afortunadamente, mi tamaño se acoplaba bien entre los pliegues de su barriga y las piernas y podía dormir toda la noche caliente y sin moverme. Comía como si fueran a terminarse las viandas para siempre –de hecho era su única ocupación- y aunque yo le animaba para ir a pasear juntos por la orilla del río, ella me ignoraba como si no me escuchara o tal vez existiera.


Una noche Filomena se sintió indispuesta. Se acostó antes de costumbre y yo, muy preocupado por ella, llamé al médico del pueblo, el cual apenas tardó en llegar lo que se tarda en pedalear ciento ochenta grados por veinte veces – eso me lo dijo el propio Don Anselmo. Después de palpar su vientre en reiteradas ocasiones y observarla haciendo gestos extraños con la boca, comentó que la pobre Filomena estaba tan hinchada que, o vomitaba inmediatamente o estallaría como cuando pinchas un globo. 


Y así fue lo que pasó. Aún no había terminado Don Anselmo sus palabras, cuando de repente Filomena estalló. Toda ella –o mejor, todo su interior- voló por los aires. Nunca más se supo de Don Anselmo que en ese momento estaba enfrente de la cama. Más tarde dijeron que habían encontrado un cuerpo sepultado por un alud de nieve. La región quedó totalmente colapsada, hablándose de la nevada del siglo, y nuestro pequeño pueblo estuvo incomunicado durante más de ocho días. Los meteorólogos no entendían la llegada tan de improviso de esta borrasca polar por el sur, cuando antes siempre eran las calimas las que todo lo cubrían.


El caso es que a tal fenómeno le dieron el nombre de mi esposa, la pobre, mientras yo me quedé llorándole hasta la primavera.

 


©Hisae

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Las tardes de Juan

>> domingo, 27 de diciembre de 2020

 

Four Lane Road, Edward Hopper

A Juan no le acompaña la soledad. Cecilia permanece a su lado, a pesar de que los domingos le ven caminar por el camposanto con tres rosas y un manojo de flores silvestres. Pero continúan juntos como él le prometió no hacía mucho, ya ella muy debilitada, sin apenas fuerza para mirarle. No, nunca la dejaría y él le seguiría contando a qué dedica todo su día, como le fue la pesca, qué comió y si los nietos pasaron por el campo a verle. Y es en ese paseo de tarde, cuando ya cansadas sus piernas, se sienta siempre en el mismo banco y mira de lejos al mar, con la mirada perdida y fumando sin apenas echar humo. A partir de ese momento, él habla con Cecilia y le cuenta. Y ambos pasan así la tarde, entre el murmullo de los que pasan y la brisa que corre en este cementerio cerca del mar.

 


Juan siempre fue un romántico. Conocía a Cecilia desde siempre; ya de niños fueron juntos a la única escuela del pueblo. Con apenas catorce años, él la sorprendía casi a diario con flores y por fin ella accedió a darle el SÍ a los diecisiete. Desde entonces, su vida en común transcurrió tranquila, con su trabajo en la pesca, sacando adelante a su único hijo, y dedicándose buenos ratos de cariño diario para que su matrimonio permaneciera puro como el primer instante. Y es que Juan ¡quiso tanto a su mujer!

 


Cecilia era una señora de carácter. Siempre le halagó que su marido apareciera por casa con flores sin motivo alguno. Quizás ella nunca fue tan detallista con él. Pero eso Juan no lo veía. Tan solo miraba el azul intenso de los ojos de su amada, que como él decía, “me recuerda al mar que baña mi islita, el que moja mis pies manchados de jable”.

 


Desgraciadamente, la vida no es para siempre y un día Cecilia enfermó de gravedad. Juan pasó las largas noches asido a su manita ya muy delgada, colocando paños mojados en su frente, y mandándole besos volados para no despertarla.

 


Hoy Juan, como cada tarde, se sienta en un banco, justo enfrente de la casona canaria. Se sienta y se masajea sus piernas cansadas, enciende un cigarrillo, y en voz alta, le habla a Cecilia.

 


No, Juan no es un viejo loco. Juan sigue queriendo que Cecilia viva a su lado. Juan, se pierde entre su soledad y sus recuerdos.

 


Hisae

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Mi pequeño cuento de Navidad

>> viernes, 25 de diciembre de 2020

 

 
              Anónimo novohispano. Escuela mejicana

Las luces de Navidad en mi pueblo, son cada año más y más originales. Cuando sales de casa a las siete de la mañana para dirigirte a no sé donde puñetas voy a estas horas, ves las casas disfrazadas de carnaval, con decenas y decenas de luces multicolores, tapando ventanas, puertas y demás enseres que haya en la parte exterior de los hogares de mis conciudadanos. Cada vez hay menos papa noeles colgando de las terrazas, pero estos han sido sustituidos por otros objetos que no sé muy bien definirlos.


Además, percibo una cierta competencia entre pueblos y ciudades para ver quien coloca el árbol luminoso de Navidad más gigante. Son tan altos, que incluso las cigüeñas que anidaban antaño en lo alto de los campanarios de las iglesias, lo hacen ahora en las estrellas de cinco puntas colocadas en los árboles navideños. ¡Pobres aves!


La Navidad llena de luz y color las calles. Pero esto ya no es sinónimo de alegría. Este año debe de ser que las luces sustituyen a los abrazos.


Yo, aunque el roscón de reyes no podré compartirlo, no dejaré de pensar en todos aquellos a quien quiero mientras miro las luces parpadear.


¡Feliz Navidad!

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Cobardía

>> sábado, 19 de diciembre de 2020

 

Jessica Romondi

¿Dónde están todos aquellos, pedigüeños,


que subían a lo alto de la torre como cuervos


y se asomaban en busca de su presa


para someterles a la tortura del robo de su alma?


¡Ay de aquellos violentos que,


a pesar de los tiempos que corrían,


intentaban saciarse con la sangre de los pobres,


a pesar de que estos habían nacido ya secos!


No quedarán en nuestro mundo perfecto


cuando nos hagamos con el poder y la fuerza,


cuando nos unamos en uno y dejemos de lamentarnos


de que violaron a nuestras mujeres y


nos quitaron el orgullo.


Pronto, muy pronto,


estos cuervos pedigüeños volarán lejos,


huyendo de nuestras tierras, libres al fin,


con el temor de ver nuestros puños en alto.


Pero eso será más tarde.


Mientras, seguiremos viéndolos subir al alto,


nos esconderemos con miedo


 y les dejaremos que nos absorban la vida.


©Hisae

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