Amarillo

>> domingo, 28 de febrero de 2010


Me descubro observando lo estéril de la montaña,

creyendo quizás que podría encontrar tu rastro entre rastrojos,

en tierra yerma,

llena de los cadáveres de hojas ya secas.



Hasta el sol nos olvidó ayer…



Definitivamente es mejor morir,

y acudir al elíseo donde la miel incluso hiberna su dulzor.

¿Por qué no morimos juntos,

recreamos la muerte

y enfriamos nuestro aliento?

Muramos y ya está.

Seguro que el viento se encargará de repatriar nuestro polvo.



Aquella mirada fue un error.

Nunca debí encararte con mis ojos

si ni siquiera me atrevo a tomarte de la mano.

Paseemos y sintamos el amarillo de la tarde,

el color de un sol intenso, enorme.

Y después,

muramos nuevamente hasta el amanecer.



2 comentarios amigos:

© José A. Socorro-Noray 28 de febrero de 2010, 19:34  

¡Qué derroche de belleza!

Creo que es el poema más bello de todos cuanto te he leído.


Seamos como los girasoles
que agonizan de felicidad al atardecer
para renacer lentamente al alba.




Un fuerte abrazo

Niagara 1 de marzo de 2010, 2:13  

Yo temí a la muerte hasta que me la has hecho entender. Y es que morir con quien amas, en una tarde amarilla, es alcanzar el amanecer del amor.

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